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17.11.2016

RCA: “Antes, todo esto no era así, vivíamos juntos pacíficamente”

Zita tiene 23 años y es de Kabo, una pequeña ciudad en el norte de República Centroafricana. Nos cuenta cómo vive día a día frente a la inseguridad, prisionera de la violencia y el miedo.

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Zita llegó al centro de salud de Kabo, en el norte de República Centroafricana (RCA), hace diez días. Vino con sus dos hijas, Marie, de dos años, y Nelpha, de cinco meses.

Ellas son de Ngoumouru, localidad ubicada a 50 kilómetros de Kabo, donde no hay centros de salud.

Caminaron 20 kilómetros desde Ngoumouru hasta Farazala, y luego nuestros equipos las trasladó en moto a Kabo. Tardaron todo un día en llegar a su destino.

Marie enfermó hace dos o tres meses. Primero tuvo malaria, y luego desnutrición severa. Zita llevó a su hija al centro de salud de Ouandago, cerca de su casa. Allí le dieron paracematol, y después le dijeron que volvieran a casa. Allí se quedaron, esperando que la salud de Marie mejorara. Zita no quería recorrer más carreteras por miedo a que fueran atacadas por hombres armados.

 

Atacantes armados

“No voy por las carreteras por razones de seguridad. A menudo hay hombres armados en los caminos que roban a las personas que intentan pasar. Si vas en bicicleta o en moto, te acosan por dinero, incluso aunque lleves a una persona enferma. Pero si vas caminando, a veces te dejan pasar sin pedirte nada. Fue por eso que llegamos a pie. No podemos gastar el dinero para pagarles: pueden pedir entre 250 y 500 francos CFA, cada vez (entre 0,30 y 0,38 euros)”. (Nota: un dólar estadounidense equivale a 590 francos CFA. Una pequeña olla de verduras suficiente para alimentar a una familia durante un día cuesta unos 650 francos CFA).

La última vez que la robaron fue hace una semana, antes de irse a Kabo. A la una de la madrugada, tres hombres armados llegaron a su casa, donde vive con su marido, sus dos niñas y otros nueve familiares. Uno de los hombres empezó a gritar, exigiendo dinero y golpeando a la gente. Empezaron a disparar. Uno de los miembros de su familia necesitaba atención médica: había sido herido en la pierna.

Según Zita, últimamente hay menos robos de lo habitual. Pero eso se debe más a la meteorología que a las políticas. “Estamos en temporada de lluvias, por lo que hay menos hierba cerca en la carretera, y los bandidos tienen menos lugares para esconderse”, cuenta. “Una vez que comience la temporada seca, todo va a empeorar”, asegura.

Antes, Zita era agricultora y trabajaba la tierra. Pero los campos están ahora controlados por hombres armados, que no dejan que los agricultores trabajen la tierra porque quieren que su ganado pastoree allí. Ahora Zita se dedica al forraje de 'ñame' silvestre [planta cuya raíz es comestible, parecida a la patata] en los bosques cercanos a su casa.

Siempre va con un grupo de mujeres, por seguridad. Saben que pueden atacarlas, pero no tienen otra opción que ir.

Cuando la salud de Marie empeoró,  Zita decidió ir al centro de salud de Kabo con sus dos hijas y su esposo. A pesar del miedo, tuvieron que ir por la carretera que tanto temían. Finalmente, gracias a la atención que Marie ha recibido en estos últimos diez días, se está recuperando. Sin embargo, ella continúa débil y su cara todavía está inflamada.

“Antes, todo esto no era así, vivíamos juntos pacíficamente”, concluye Zita.

 

Desde 2006, nuestros equipos proporcionan asistencia médica para más de 50.000 personas en Kabo. De enero a junio de 2016, realizamos más de 30.000 consultas en el centro de salud de Kabo -un tercio de estas por malaria-, y prestamos asistencia a más de 600 nacimientos. Además, casi 2.700 personas recibieron atención hospitalaria.