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19.04.2018

República Centroafricana: ataques en instalaciones médicas y una población que se va quedando sin opciones

La violencia más brutal volvió al país en 2017 y no tiene visos de desaparecer en 2018. El horror relatado por nuestros pacientes y compañeros describe a miles de personas extremadamente vulnerables, con necesidades médicas urgentes y sin posibilidad de regresar a sus hogares. Estas son las historias directas de Pelé, Christelle y Sylvain.

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Pelé, Christelle y Sylvain son solo tres de las miles de personas que en 2017 sufrieron el regreso de la violencia más brutal a un país que aún estaba intentado curarse las heridas de la sangrienta guerra civil de 2013-2014. Allí hemos tratamos a pacientes a los que les han disparado, apuñalado, golpeado, quemado dentro de sus casas o violado.

Pero nuestros equipos en el país no solo han visto y escuchado el relato del horror en boca de sus pacientes, sino que también lo han experimentado en sus propias carnes.

El año pasado, sufrimos una media de tres ataques violentos al mes contra instalaciones, vehículos o trabajadores médicos. Estos ataques, así como los numerosos incidentes contra la población civil y contra organizaciones humanitarias, convirtieron al país en uno de los más peligrosos del mundo para los trabajadores humanitarios.

Fruto de la violencia más extrema, una de cada cinco personas de RCA -un país de solo 4,5 millones de habitantes- se vio obligada a abandonar su hogar en 2017. Según la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR),  688.000 centroafricanos tuvieron que desplazarse a otras partes del país, el mayor número desde 2013.

A causa de esta nueva ola de violencia,  miles de personas necesitan urgentemente asistencia sanitaria y a menudo no la encuentran, como es el caso de mujeres embarazadas o enfermos crónicos cuya condición se agravó por la dificultad para llegar a tiempo a los hospitales. Todo ello, combinado con la limitación del acceso a alimentos, agua, refugio y educación que tiene la mayoría, ha abocado a la población a un estado de extrema vulnerabilidad.

2018: más violencia y (aún) menos refugios seguros

Las perspectivas para 2018 no son alentadoras. "El sistema de salud en RCA es casi inexistente y los constantes ataques contra instalaciones médicas, pacientes y ambulancias empeoran la situación", explica Christian Katzer, nuestro responsable de operaciones en el país. "Miles de personas no tienen acceso a asistencia médica, y muchos morirán de enfermedades prevenibles como la malaria, la diarrea y las infecciones respiratorias, las tres principales causas de muerte entre los niños menores de cinco años en el país".

“Fue horrible dejar a nuestros pacientes atrás"

Pelé Hubert fue el supervisor de enfermería de nuestro equipo móvil en Bangassou, en el sureste de República Centroafricana, desde 2015, hasta que tuvimos que suspender nuestras actividades, en noviembre de 2017. A pesar de la situación de seguridad extremadamente volátil, Pelé continuó brindando ayuda humanitaria vital a sus compatriotas hasta el último momento.

"Durante 2015 y 2016, Bangassou era como un pequeño rincón del paraíso. La vida había vuelto a la normalidad después de la crisis de 2013-2014, las comunidades cristiana y musulmana mantenían una buena relación y la economía se estaba recuperando. La asistencia sanitaria seguía siendo un problema, pero MSF había abierto un proyecto a gran escala en el hospital y en diferentes centros de salud. Pero en marzo de 2017 la situación empeoró. Primero hubo combates en Bakouma, a unos 150 kilómetros al norte de Bangassou. Después de aquello llegaron rumores de todas partes, la gente comenzó a tener miedo a salir. Muchos dejaron de cuidar sus campos por temor a ser atacados, a pesar de que era la temporada de siembra.

El conflicto se fue acercando poco a poco a la ciudad y finalmente llegó de lleno el 13 de mayo. Fue entonces cuando comenzó el tormento para la población de Bangassou. La economía colapsó, la buena relación entre las comunidades se rompió y la seguridad desapareció de repente.

Recuerdo que era de noche cuando comenzaron los disparos. Estaba en casa con mi esposa y con mis tres hijos de 16, 8 y 4 años. No pudimos movernos de allí. Un amigo vino a decirme que había una ruta más o menos segura que podríamos tomar para llevar a nuestras familias hasta Ndu, al otro lado de la frontera. Puse a mi familia en manos de este amigo y yo esperé en casa hasta que pudieron llamarme por teléfono y me confirmaron que habían llegado sanos y salvos. Después me puse mi chaleco MSF y me fui para encontrarme con mis compañeros en la base.

Lo que me motivó a seguir trabajando el año pasado en Bangassou, a pesar de todas las dificultades que había, fue el ver ante mis propios ojos las enormes necesidades que tenía la población. Como por ejemplo, un paciente musulmán VIH positivo al que conocí en el campo de desplazados. Había perdido su medicación antirretroviral durante la huida, y ahora estaba allí, angustiado, sin saber a quién pedir ayuda. Finalmente se atrevió a contarme su problema y me conmovió profundamente. Vi lo difícil que era para él hablar abiertamente sobre su enfermedad. Pero tenía que hacerlo, porque al interrumpir su tratamiento su salud se había deteriorado y estaba a punto de morir.

También estaba en Bangassou cuando mataron a aquellas dos mujeres a las puertas de nuestro hospital. Y también cuando nuestra ambulancia fue retenida por hombres armados durante varias horas. Cuando se tomó la decisión de suspender nuestras actividades, tras el robo que había tenido lugar en nuestra base, estaba de día libre. Vi a mis colegas en estado de choque, muchos de ellos llorando. Dejar a nuestros pacientes cuando sabes lo mucho que ellos dependen de ti es horrible. Aquella gente nos necesitaba realmente. En las 24 horas que siguieron a nuestra partida hubo cinco muertes en el hospital. Y todo porque no había nadie allí para cuidar de aquellas personas... Tuvimos un sentimiento de culpa enorme, pero no teníamos otra opción: nuestro trabajo se había vuelto demasiado peligroso”.

"Cuando bajé los brazos comenzaron a disparar. La primera bala alcanzó a una niña de 13 años. La segunda me hirió en el tobillo".

El 8 de septiembre de 2017, hombres armados abrieron fuego en el hospital de Batangafo. Mataron a un adolescente de 15 años y a un niño. Otras dos personas resultaron heridas, entre ellas Christelle.

"Mi nombre es Christelle, y tengo 24 años. Nací en Batangafo, pero dejé la ciudad poco antes de la guerra de 2013-2014. No regresé hasta el 26 de mayo de 2017. Cuando el 29 de julio estalló la violencia en la colina, me trasladé con mi familia al campamento de desplazados que estaba en los terrenos del hospital. Sentíamos que estaríamos más protegidos, así que nos fuimos para allí y nos construimos un refugio. Y en aquel lugar es donde me encontraba el viernes 8 de septiembre, sacando agua del pozo en la entrada trasera del hospital. Ya me había llevado una garrafa de 25 litros y había vuelto a por la segunda cuando llegó un grupo de hombres. Eran siete. Cuatro de ellos tenían armas.

Gritaron: "¡Eh tú, sí tú!". Así que levanté los brazos gritando "¡Jesús!". Cuando los bajé fue cuando comenzaron a disparar. La primera bala golpeó a una niña de 13 años. Caí al suelo y siguieron disparando. Una bala me alcanzó el tobillo. Otra bala le dio de lleno a un niño de dos o tres años que estaba intentando protegerse junto a la pared del hospital. Murió al instante. Después de un rato, los hombres se fueron y la niña de 13 años me dijo: "Hermana, se han ido, ¡tenemos que ir al hospital!" Intenté levantarme, pero mi pierna no aguantó, así que salté sobre la otra pierna para llegar hasta la entrada. Cuando llegué, el personal de MSF me llevó a la sala de urgencias para mirarme la herida. Un día después, aún seguía sangrando. Los cirujanos me dijeron que la bala había alcanzado el hueso y que tendrían que operarme y ser hospitalizada. Estuve en cama por unos días, pero con todas las personas que había desplazadas en el hospital no fue fácil descansar. Había mucho ruido y me mareaba”.

Christelle y su familia abandonaron el hospital poco después de Navidad para regresar a su barrio. Se siente mejor, pero todavía le duele el pie en el que le dispararon, sobre todo cuando camina. La herida aún no se ha curado por completo.

"Entregamos los medicamentos, pero no nos quedamos para la vacunación. Era demasiado peligroso. "

Sylvain es conductor de nuestro equipo de emergencias en República Centroafricana (Eureka). En junio de 2017, se encontraba en la región de Alindao para atender las necesidades humanitarias y médicas de las poblaciones afectadas por el conflicto.

"El 25 de junio, estaba conduciendo el segundo vehículo de un convoy en dirección a Datoko, un pueblo a pocos kilómetros de Alindao. Íbamos a vacunar a los niños y a donar medicamentos al centro de salud. En tiempos de conflicto, cuando hay tantas personas desplazadas, la inmunización salva vidas y previene el riesgo de una epidemia.

Estábamos a 4 kilómetros de nuestro destino cuando escuchamos explosiones y varios hombres armados rodearon los coches. Disparaban al aire y nos amenazaban. Nos decían que retrocediéramos, porque sus enemigos nos estaban siguiendo. Nosotros no dijimos nada. Solo el jefe de equipo se dirigió a ellos. Uno de ellos era especialmente agresivo y nos apuntaba con sus cuchillos. Era la primera vez que me encontraba en una situación así. Soy de Bangui, pero aun así, a pesar de todo lo que ocurrió allí durante la crisis de 2013-2014,  tanto mi familia como yo estuvimos relativamente a salvo.

Al final la líder del grupo, una mujer, les dijo a los demás que nos dejaran ir. Llegamos a la iglesia de Datoko y entregamos los medicamentos en el centro de salud, pero no nos quedamos para la vacunación que teníamos previsto hacer. Resultaba demasiado peligroso y nunca se sabe cómo van a acabar ese tipo de situaciones. Ese día, te aseguro que yo pensaba que me había llegado la hora".