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08.02.2017

Vacunar contra el sarampión a pesar de la difícil topografía y los grupos armados

En República Democrática del Congo (RDC), la enfermedad ha vuelto a aparecer de forma alarmante. Aquí, actuar rápido es clave: nuestros equipos caminan durante horas para llegar a los pueblos más remotos y dialogan con grupos armados locales. “Salvamos muchas vidas”, explica Sarah Lutz-Simon, nuestra responsable de emergencias en Kivu Sur.

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“Tuve miedo. Cuando llegamos al centro de salud, en la única habitación, a oscuras, habían puesto a todos los niños enfermos. Debían de ser unos 40. La imagen era dura: estaban debilitados, tenían los ojos rojos, la nariz moqueando, la piel en erupción… tuve miedo”, confiesa Sarah Lutz-Simon, nuestra responsable del equipo de emergencias en Kivu Sur, en el este de República Democrática del Congo.

“Formé parte del primer equipo que llegó a la zona; no sabíamos bien de cuántos casos se trataba. A mediados de diciembre, nos habían alertado de 10 enfermos, pero presenciamos un aumento muy rápido”, precisa.

Poco antes, nuestros mismos compañeros habían trabajado contra un brote de sarampión en Mulungu, una zona remota de la convulsa provincia del este del país donde vacunaron a 4.165 niños.

Y es que la enfermedad ha vuelto a aparecer de forma alarmante: en diferentes partes del país, hay alertas de brotes.

El aislamiento es el primer paso

“Mientras esperábamos la confirmación de los análisis, empezamos a construir zonas de aislamiento. Primero, en el pueblo de Itanga y así poder liberar el centro de salud e iniciar el tratamiento”, recuerda Sarah.

No existe tratamiento antiviral contra el sarampión. El personal médico evita la deshidratación, controla la fiebre y gestiona posibles complicaciones como infecciones oculares o de oídos, entre otras.

“En este sentido, los centros de aislamiento temporales que construimos son básicos. Cubiertos de plástico y hechos de madera, cuentan con diez camas”.

“En un mes, levantamos tres en diferentes áreas y desplegamos seis equipos sanitarios. El objetivo, vacunar en los pueblos lo antes posible y hacer de cortafuegos frente a la infección. Ya acabaríamos después con la enfermedad”.

A pie hasta las zonas remotas

Uno de los retos más complicados para hacer frente a estas alertas es la topografía de la zona: “Desde Bukavu, la capital de Kivu Sur, tardamos dos días en llegar en coche a Bisisi. Desde allí tuvimos que caminar por senderos durante unas cinco horas hasta llegar a Idunga”, comenta.

“Eso era lo fácil. Algunos equipos tuvieron que caminar desde Idunga durante tres días para llegar a las zonas más remotas”. En paralelo, un helicóptero garantizó al máximo la cadena de frío de conservación de las vacunas. En algún caso, por la crecida de los ríos, tuvimos que evaluar la seguridad del personal, ya que tenía que cruzar un puente de lianas de dudosa estabilidad. Al final, lograron pasar cargados con todo el material.

Además, enrolamos a varios centenares de vecinos del área para trabajar como porteadores. De forma conjunta con el Ministerio de Salud, colaboraron también en la vacunación –logramos una cobertura del 94%­-, mientras informábamos a la población y tratábamos los casos más complicados.

La violencia es otro obstáculo

Otro de los retos de trabajar en Kivu Sur es la profusión de grupos armados. Con el fin de poder vacunar y tratar enfermos, dialogamos con cada uno de los grupos basados en cada área.

En palabras de la propia Sarah, “no son solo la distancia geográfica y los obstáculos -colinas, montañas, ríos crecidos, ausencia de caminos, barro, jungla-, sino la presencia de hombres armados lo que complica el acceso a la salud en esta zona”, dice Sarah, tras señalar que esta intervención ha sido muy importante para ella.

“El impacto es inmediato, hemos salvado muchas vidas. La gente estaba muy contenta, también estaban muy preocupados por el brote, solo habían recibido ayuda de forma esporádica. Comprobar tras la vacunación que la cifra de afectados decrece en tan poco tiempo es lo mejor”.

Así, en total tratamos a 352 niños y registramos dos muertes: una el día que llegamos a Itanga, y otra en el caso de un niño cuya familia había recurrido a curanderos locales.

En Mulungu, gracias una novedosa combinación de antígenos, vacunamos a los niños contra el sarampión, el neumococo, la hepatitis, la bacteria ‘hemophilus’, la difteria, el tétanos y la tosferina,

Ahora, nuestros se preparan para hacer frente a nuevas alertas de sarampión,  una de las enfermedades que causan más muertes entre la población infantil, pese a que es fácilmente prevenible.