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Vacunación

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Las vacunas previenen enfermedades graves que pueden ser discapacitantes o mortales, sobre todo para los niños. La inmunización es una de las intervenciones médicas en salud pública más eficientes en términos de coste y, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), evita cada año entre dos y tres millones de muertes.

Pero en muchos países sin recursos o afectados por la inestabilidad o la violencia, los planes de inmunización están en crisis y en demasiadas ocasiones las vacunas no llegan hasta las personas que más las necesitan. El exponencial aumento de los precios en los últimos años, la falta de adaptación de las vacunas a la realidad de los países sin recursos y el complicado calendario de inmunización son las principales causas de esta situación.

Cada año, casi 20 millones de niños se quedan sin el paquete básico de vacunas que podría protegerles, y en total cerca de dos millones de personas mueren a consecuencia de enfermedades que podrían haberse prevenido con las vacunas recomendadas por la OMS: DTP (difteria, tétanos y tosferina), hepatitis B, Hib (gripe tipo B), BCG (tuberculosis), virus del papiloma humano, sarampión, neumococo, poliomielitis, rotavirus y fiebre amarilla.

En todo caso, no todas las vacunas se recomiendan por igual en todos los países.

Vacunaciones de rutina

La vacunación es una de las formas más eficaces de reducir la mortalidad infantil. Por eso, en los países donde la cobertura de vacunación general es baja, intentamos llevar a cabo vacunaciones rutinarias de los niños menores de 5 años, en el marco de nuestros programas de atención básica. Podemos realizarlas bien desde los puestos y centros de salud, bien a través de equipos móviles. En algunos casos, la población vive en zonas tan apartadas que nuestros equipos tienen que desplazarse caminando.

Vacunaciones en epidemias

En caso de que exista el riesgo de una epidemia (por ejemplo si hay un desplazamiento de población), o de que esta ya se haya declarado, organizamos campañas de vacunación masivas: su objetivo es vacunar al máximo número de personas en el menor tiempo posible, habilitando para ello todos los puntos de vacunación que podamos, por ejemplo en lugares públicos de reunión.

Estas campañas a gran escala duran de dos a tres semanas y pueden alcanzar a cientos de miles de personas. Son especialmente vulnerables las poblaciones desplazadas, ya que las condiciones de hacinamiento o falta de saneamiento en que suelen encontrarse favorecen la aparición de brotes de enfermedades como el sarampión o la neumonía.

En 2015, vacunamos a 1.537.400 personas contra el sarampión y a 326.100 contra la meningitis en respuesta a brotes epidémicos.

Y precisamente para prevenirlos, hemos dado un paso más allá y estamos aprovechando cada oportunidad que vemos para completar la cartilla de vacunación de los niños. Así por ejemplo en Mali o República Centroafricana, aprovechamos las campañas de quimioprevención de la malaria para revisar las cartillas y completarlas con los antígenos que faltan.

Desafíos logísticos

Las vacunas deben conservarse en frío –a entre 2 y 8 ºC– desde el momento en que salen de la fábrica hasta que se utilizan en el punto de vacunación. Aunque esto no sea un reto importante en los países ricos, donde el suministro eléctrico está garantizado, en los países donde trabajamos sí supone un obstáculo considerable, especialmente en las zonas donde se pueden alcanzar fácilmente temperaturas de 40° y que están aisladas y carecen de sistemas fiables de electricidad.

A las dificultades que impone la cadena de frío se suman a menudo los problemas de acceso físico –no hay carreteras y deben usarse motos, canoas o burros, o incluso cargar a hombros con las neveras, para llegar hasta el último puesto de salud o la última aldea–, en contextos que además pueden ser inseguros o sufrir un conflicto armado.

Por otra parte, la gran mayoría de las vacunas existentes son inyectables, por lo que se necesita personal con formación sanitaria para poder administrarlas correctamente.

Durante más de 40 años, hemos estado a la vanguardia de la inmunización en contextos de crisis y en brotes epidémicos, y hemos sido testigos directos de los obstáculos que la vacunación plantea. En la actualidad, uno de los problemas que más nos preocupan es el de los precios. Desde 2001, el coste de vacunar completamente a un niño se ha multiplicado por 68, por culpa del elevado precio de las nuevas vacunas (sobre todo las del neumococo, el rotavirus y el virus del papiloma humano). Por eso, no dejamos de reclamar a las farmacéuticas precios más reducidos para las vacunas para todos los países, y no solo para las vacunaciones rutinarias, sino también para las que las organizaciones humanitarias desarrollamos en respuesta a emergencias. Por otra parte, también urge el desarrollo de vacunas de administración oral (para reducir la necesidad de sanitarios cualificados) y de vacunas que necesiten menos dosis o que sean combinadas (con el fin de reducir al mínimo el número de visitas que el niño tiene que hacer al centro de la salud).