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20.03.2019

Desplazamiento, confinamiento y violencia en El Salvador

Entre 2015 y 2017, 13 mujeres sufrieron cada día en El Salvador alguna forma de violencia sexual. En este país, brindamos atención en salud mental y trabajamos por llegar a las comunidades donde acceso a la salud se dificulta por el conflicto entre pandillas.

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Victoria trabaja en San Salvador. Entre el 2015 y el 2018, El Salvador se posicionó como la nación más violenta del llamado Triángulo Norte de Centroamérica, una subregión que cuenta con altas tasas homicidas a nivel mundial.

El conflicto entre pandillas o maras y entre estas con fuerzas de seguridad del Estado es la principal causa del fenómeno de violencia. Nuestras brigadas entran en los barrios gracias a la relación de confianza establecida con la comunidad y ofrecen servicios médicos básicos, atención a salud mental y disponen asimismo de ambulancias para referencias hospitalarias.

En las comunidades en las que nuestras brigadas médicas intervienen (tanto en San Salvador como en Soyapango) los equipos se encuentran con muchos casos relacionados por violencia en el seno de la propia familia y violencia sexual.

El trabajo social que realizamos busca mejorar el acceso a la salud de los ciudadanos. Para Victoria, la falta de guías claras por parte del Estado para asuntos como la salud mental o los desplazamientos forzados por la violencia son uno de los retos a los que se enfrenta: así, por ejemplo, en el caso de violencia sexual, se prima la denuncia policial frente a un enfoque de salud, que primaría la atención médica de la persona agredida.

La trabajadora social considera que el desplazamiento interno forzado es uno de los problemas más complejos en los que trabajar, “dado que en muchas ocasiones estamos hablando de comunidades enteras, de familias, no de un solo individuo”.

Desde que trabaja en MSF, que reabrió sus puertas en El Salvador hace poco más de un año, Victoria rememora especialmente uno, de confinamiento de un joven al que se le había prohibido salir de su colonia.

“La realidad en estas comunidades es que una calle o una cuadra divide los territorios de las pandillas y la población debe adaptarse a ello. La situación, cuenta, llevó al joven a pensar en involucrarse en grupos de pandillas para tener protección.  Son chicos que no pasan de los 18 años. La vida se les arruina, prácticamente”, señala.

Poco a poco, el papel médico de una organización neutral, independiente e imparcial como la nuestra, se entiende cada vez más, “algunas personas pensaban que al acercarse a MSF, se va a hacer una denuncia policial o judicial. Pero les explicamos que eso no lo hacemos nosotros”.

Victoria se refiere especialmente a menores y adolescentes embarazadas en algunos casos parejas de pandilleros y casos de violencia sexual. Las violaciones en El Salvador deben ser denunciadas obligatoriamente a la policía.

Son muchos los casos en los que las agredidas no quieren denunciar, y evitan acudir a centros de salud: por lo tanto, no reciben tratamiento adecuado.

En MSF consideramos la agresión sexual como una emergencia médica: nuestro objetivo principal es que la persona agredida sea atendida de sus heridas y protegida frente a enfermedades de transmisión sexual o embarazos no deseados.

“Se trata de, poco a poco, superar las barreras; aclarar a los habitantes que el interés del personal de salud no es investigar ni ir a denunciar, sino brindar atención”, añade la trabajadora social.

Los casos de violencia sexual infantil también han marcado a Victoria: “Afecta muchísimo conocer estos casos de violencia. Sobre todo, cuando la persona está adulta pero el abuso ocurrió en su niñez, cuando era una persona completamente indefensa”. 

Uno de estos casos se presentó recientemente en una de las visitas de la brigada médica en Montserrat,  uno de los barrios en los que trabajamos.

Maltratos y abusos desde la infancia

La historia de abusos de Magdalena inició durante su niñez, pero nadie le puso atención. A sus 4 años, la tía a cargo la dejaba sola para ir a fiestas. Entonces, el joven primo de su madre aprovechaba para tocarla.

“Nunca le dije a mi mamá. Solo una vez, recuerdo que me dolía mucho mi parte, le dije a mi mamá que yo no aguantaba, que me dolía. Mi mamá me revisó y solo me dijo que tenía rosado. No recuerdo nada más”, narra.

Años más tarde, ella y su familia se mudaron a la casa de otra tía. La maltrataba y le hizo creer que era una inútil, buena para nada. Creció con esas ideas. “A veces sentía que no valía, me sentía inferior a las demás personas y, del abuso que sufrí más pequeña, sí le tenía mucho miedo a los hombres”, cuenta.

Se marchó de su casa, joven, pero el maltrato se fue con ella. “Cuando me fui a vivir con mi novio, sufrí la misma violencia. Él me pegaba, me daba con el cincho, me dejaba marcas en las piernas… Había violencia psicológica y física. Psicológicamente, me decía que no servía, que no hacía bien las cosas. También quiso tener relaciones sexuales sin consentimiento. Por eso me fui”, explica Magdalena, que se desespera al conocer repetidas historias de agresiones a menores, nuevos ciclos de violencia que se generan.

“Cuando oigo niñas llorar, siento mucha impotencia y quisiera tratar de ayudarlas, pero no puedo”. Un ejemplo: una vecina y ella supieron del abuso que sufría una niña a manos de su padrastro. Cuando la vecina quiso hacer algo por la nena, le amenazaron y tuvo que huir de la comunidad.  “Siento impotencia al ver las cosas que pasan y no poder hacer nada…”.

En El Salvador, la violencia sexual es, en su mayoría, contra las mujeres. Entre 2015 y 2017, diariamente 13 mujeres fueron víctimas de alguna forma de violencia sexual.

Decidimos brindar atención en salud mental a víctimas de violencia sexual y, sobre todo, de llegar a las comunidades con mayor índice de violencia o donde acceso a la salud se dificulta debido a la situación de fronteras invisibles por división de territorios de pandillas.

Nuestros psicólogos siguen atendiendo a Magdalena: “Me ayuda hablar. Me ayuda a sentir que sí soy importante, que sí valgo”.