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Tanzania

Consultas externas: 
36.400
Niños con desnutrición severa atendidos en centros de nutrición terapéutica: 
1.200
Pacientes de cólera tratados: 
650
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En 2015, Médicos Sin Fronteras proporcionó asistencia a los refugiados procedentes de Burundi y República Democrática del Congo (RDC) que malviven en campos atestados, con deficientes condiciones de saneamiento y sin apenas atención médica.

Las malas condiciones de higiene provocan que los refugiados estén muy expuestos a enfermedades como el cólera. La malaria es algo común, y muchos sufren infecciones de las vías respiratorias y diarrea.

En 2015, según cifras del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), Tanzania acogía a casi 200.000 personas huidas de los países vecinos, sobre todo de República Democrática del Congo y Burundi. Muchos llegaron en la década de los noventa, si bien en 2015 aumentaron mucho las entradas desde Burundi a consecuencia de la inestabilidad política que vivía este país desde mayo. Tras una alerta por brote de cólera entre los recién llegados, MSF abrió dos centros de tratamiento: uno dentro del estadio de fútbol que servía como lugar de tránsito para los refugiados en Kigoma, y otro con 20 camas en un segundo punto de tránsito en Kagunga, a unas cuatro horas en barco desde Kigoma. En Kagunga, MSF estuvo trabajando poco más de un mes, hasta finales de junio; fueron hospitalizadas casi 40 personas, se realizaron actividades de promoción de la salud y se proporcionaron servicios de agua y saneamiento.

Campo de Nyarugusu

MSF empezó a trabajar en el campo de refugiados de Nyarugusu en mayo de 2015, cuando abrió un centro de tratamiento del cólera. En junio, tras los disturbios en Burundi, se produjo una nueva afluencia de refugiados, con picos de hasta un millar de llegadas al día. Esta afluencia desbordó los servicios que el campo era capaz de ofrecer, por lo que las organizaciones humanitarias tuvieron que intervenir para cubrir las necesidades de agua, alimentos, refugio y servicios médicos. MSF desplegó clínicas móviles y programas de nutrición para pacientes ambulatorios y dio apoyo al centro hospitalario de nutrición terapéutica del hospital de la Cruz Roja de Tanzania. En ausencia de otras organizaciones con capacidad de respuesta de emergencia, los equipos de MSF también distribuyeron alrededor de 90 millones de litros de agua.

Asimismo, en colaboración con el Ministerio de Salud, la Organización Mundial de la Salud y ACNUR, MSF dio apoyo a una campaña de vacunación oral contra el cólera: se administraron casi 233.000 dosis de la vacuna y la cadena de transmisión pudo interrumpirse con éxito. No se produjo ningún brote de cólera en el interior campo de Nyarugusu.

En este campo, MSF también dio tratamiento médico a 18.800 personas, sobre todo debido a malaria, diarrea o infecciones de las vías respiratorias. A finales de año, proporcionó además servicios de salud mental, con unas 600 consultas por semana.

Campo de Nduta

En octubre, MSF habilitó un hospital de 100 camas en el campo de refugiados de Nduta, para atender las necesidades sanitarias más acuciantes y en especial las relacionadas con desnutrición, salud reproductiva y atención a víctimas de violencia sexual. También desplegó clínicas móviles y realizó varias misiones exploraciones para evaluar el estado nutricional de los recién llegados. Entre octubre y diciembre, este equipo realizó casi 17.600 consultas externas, atendió más de 60 partos y realizó más de 9.500 pruebas de malaria (de las cuales 6.200 dieron positivo).

Además, MSF donó 3.500 tiendas de campaña y distribuyó más de millón y medio de litros de agua.

 

Este artículo ofrece una visión general del trabajo de MSF en Tanzania entre enero y diciembre de 2015; es un resumen que no puede considerarse exhaustivo. En 2015, MSF contaba en Tanzania con 19 trabajadores, entre personal nacional e internacional, y gastó 6,1 millones de euros en sus actividades médico-humanitarias. MSF trabajó por primera vez en este país en 1993.

Testimonio

Melanie Kabura, de 33 años, es una refugiada procedente de Burundi. Es jefa de su comunidad.

“Estaban golpeando y matando a la gente en la calle. Tuvimos que dejar todo atrás; solo nos quedamos con la ropa que llevábamos puesta. Llegamos a Nyarugusu en julio de 2015. Aquí la vida no es buena. Dormimos en el suelo. Tenemos muchos problemas cuando llueve. El techo no es resistente y tenemos miedo de lo que podría suceder. No tenemos todo lo que necesitamos y necesitamos sentirnos más seguros. No podemos regresar a Burundi porque tenemos miedo. Estoy cansada de huir de mi país. Mi sueño es tener un trabajo bien remunerado para poder cuidar de mis hijos. Quiero vivir en un lugar estable. Pero por ahora, no hay futuro para mis hijos”.

Luca Sola