Ashraf sobrevivió, otros no: la historia de un viernes cualquiera en Gaza
Un disparo atravesó el cuerpo de Ashraf Afifi, nuestro operador de radio, mientras intentaba comprobar si su familia estaba a salvo. Su historia no es una excepción, sino una más entre las que viven a diario la población civil y el personal médico-humanitario en Gaza, donde incluso un viernes cualquiera puede convertirse en una lucha por sobrevivir.
A pesar de la disminución general de la violencia desde el anuncio del alto el fuego en octubre, los palestinos en Gaza siguen siendo asesinados, heridos y desplazados por la fuerza por las fuerzas israelíes. Según el Ministerio de Salud palestino, más de 3.500 personas han resultado heridas desde el 11 de octubre. En junio de 2026 murieron 121 personas, lo que lo convirtió en el mes más mortífero del año hasta el momento. La expresión ‘alto el fuego’ ha perdido todo su significado y las vidas de la población civil siguen ignorándose.
Nuestro personal en Gaza tampoco se ha librado de la violencia. Nuestros compañeros y compañeras han recibido disparos dentro de sus tiendas de campaña, han perdido a familiares, han huido de sus hogares presas del pánico o han visto cómo estos eran destruidos por ataques aéreos. En marzo, una de nuestras enfermeras presenció la muerte de su primo de 4 años en un bombardeo. En junio, uno de nuestros compañeros quedó atrapado junto a su esposa y su hija en un vehículo que fue atacado por las fuerzas israelíes. Otro de nuestros enfermeros tuvo que evacuar y huir del refugio donde se encontraba junto a su hermano con discapacidad, perdiendo todas sus pertenencias. La viuda de uno de nuestros conductores que murió vive ahora cerca de la ‘línea amarilla’: una noche despertó al oír balas impactando contra su colchón y, cada mañana, se despierta con el sonido de los proyectiles.
Estos no son incidentes aislados. Forman parte de un patrón en el que ni los trabajadores humanitarios ni la población civil están realmente a salvo en Gaza. En el siguiente testimonio, Ashraf Afifi, operador de radio de MSF, relata cómo resultó gravemente herido por un cuadricóptero israelí en junio de 2026.
Un viernes cualquiera
Estaba sentado en mi tienda de campaña, como cualquier viernes cualquiera, si es que existe algo parecido a un día normal durante este genocidio. Mi hijo Adam estaba fuera jugando con una cometa. De repente me dijo:
—Papá, están cayendo balas a nuestro lado.
No le creí. Salí fuera, pero no vi nada extraño. Pensé que se lo estaba imaginando.
No le di más importancia. Lo tomé como una coincidencia entre un millón, nada de lo que preocuparse. Volví a entrar en la tienda. De repente escuché un golpe seco, como si alguien golpeara una mesa de madera con un martillo. Salí del baño y vi a mi esposa con expresión de miedo.
Mientras miraba dentro de la tienda para ver dónde había impactado la bala, de pronto sentí como si alguien me hubiera golpeado el costado con un palo de madera. Escuché de nuevo el mismo sonido: como un martillazo sobre una mesa de madera. En ese instante supe que me habían alcanzado. Mi esposa estaba justo a mi lado. Gritó con todas sus fuerzas. Miré hacia abajo. Tenía el costado cubierto de sangre.
—Ha caído una bala… justo ahí, en la tienda —gritó llorando—. Algo impactó y la tienda entera se sacudió.
Desde que comenzó el genocidio nunca había ignorado una señal de peligro. Si percibía una amenaza, aunque estuviera a un kilómetro de distancia, alejaba a mis hijos de ella, costara lo que costara. Pero esta vez fui descuidado. Por primera vez desde que empezó el genocidio, bajé la guardia.
Salí para comprobar si realmente había sido una bala. Fue entonces cuando me alcanzó.
—Si pasa algo y siento que voy a perder el conocimiento, no dejes que me desmaye. Eso es lo más importante —le dije a mi hermano mientras íbamos en el coche, con la mano presionando la herida.
Llamé a mi amigo y compañero Bilal Abu Saada.
—Me han disparado. Voy camino del Hospital Nasser.
En mi cabeza imaginé que era algo sencillo: veía dos orificios muy cerca uno del otro en el costado. Pensé que la bala había entrado por un lado y salido por el otro. Algo simple. Nada de qué preocuparse. Pero el dolor era intenso. Intensísimo.
Mi hermano me miró y dijo:
—Tienes sangre en la espalda. Date la vuelta.
Me giré y levanté la camiseta.
—Viene de atrás. La bala entró por la espalda.
Toda mi valentía desapareció cuando comprendí que la bala había entrado por la espalda y había salido por el costado. Enseguida entendí que aquello era grave. Empecé a pensar en el riñón, en el bazo, en otros órganos. Comencé a sentir hormigueo y entumecimiento en las manos y en la cara. Al cabo de un rato me costaba respirar y todo empezó a oscurecerse. Mi hermano me daba bofetadas en la cara mientras repetía:
—No te duermas.
Fue el trayecto más largo de mi vida, como un camino interminable. Aunque había recorrido esa carretera decenas de veces, aquella vez me pareció infinita, llena de paradas, atascos y obstáculos.
Después de un viaje interminable y lleno de dificultades, llegamos a la entrada norte principal del hospital.
Había alguien delante de la puerta de urgencias.
—Bájate.
Intenté salir del coche, pero no pude. El dolor era insoportable.
—No puedo bajar. Estoy herido.
—No hay camillas —me respondió—. Vamos, inténtalo. Yo te sujeto.
Quise gritarle:
—¿Qué quieres que haga? ¡No puedo salir!
Empecé a hacer el esfuerzo. De repente alguien apareció con una cama desde urgencias. Me tumbaron sobre ella y me llevaron al interior.
Vi esa escena que tantas veces aparece en las películas: el protagonista tumbado boca arriba mientras lo empujan por un pasillo y observa las luces del techo. Llegamos a la sala de rayos X. Colocaron mi cama junto a la mesa de radiología y me dijeron:
—Pásate a esta.
Pensé que me ayudarían o me levantarían. Pero me dejaron retorcerme como una serpiente, intentando pasar de una cama a otra por mis propios medios, con un dolor insoportable. Pensé: “¿Será intencionado? ¿Querrán mantenerme activo por alguna razón médica? ¿No les preocupa que tenga una hemorragia interna y que moverme la empeore?”.
Después me llevaron a hacerme una ecografía. Nunca antes me habían hecho una, pero recordé cuando mi esposa estaba embarazada de nuestra primera hija y el médico utilizó esa misma máquina para comprobar si el bebé era niño o niña.
Bromeé:
—¿Es niño o niña?
Uno de los sanitarios me respondió:
—¿Estás herido y aún haces bromas?
Les contesté:
—No me conocen. Hago bromas incluso en los peores momentos.
Después me hicieron un TAC y, en cuanto terminó, Bilal —la primera persona a la que había llamado— estaba de pie junto a mí. Me dijo:
—Ya está bien de tantos mimos. Levántate.
Escuchar aquello me reconfortó. En ese mismo instante entendí que ya no corría un peligro grave.
Aquella misma noche regresamos a nuestra tienda de campaña. Me senté a unos dos metros del lugar donde me habían disparado. Había imaginado que me aterrorizaba volver al sitio donde estuve a punto de perder la vida. Cuando el médico me dijo:
—No necesitas quedarte ingresado.
Mi primera reacción fue:
—Gracias a Dios. No quiero quedarme aquí.
Pero, siendo sincero, tenía miedo de volver a la tienda.
Y, sin embargo, apenas tres horas después allí estaba, sentado en el mismo lugar, como si no hubiera ocurrido nada.
Toda la experiencia fue surrealista. No se la desearía a nadie.
Testimonio publicado originalmente en El País - Planeta Futuro