Lo que quedó tras las llamas: cuatro años de guerra total en Ucrania

Cuatro años después de la invasión a gran escala de Ucrania, la guerra sigue marcando cada gesto cotidiano: bañar a un bebé, calentar una habitación, despedir a un padre. Tras las llamas y los bombardeos, millones de personas sobreviven entre desplazamientos, infraestructuras destruidas y un invierno que no da tregua. El 50% de los pacientes del centro de salud mental en Vínnytsia donde trabajamos padece trastorno de estrés postraumático

MSF
23/02/2026

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  • Cuatro años de la escalada de la guerra en Ucrania

    “En Ucrania, la guerra afecta a todos los aspectos de la vida. Muchas personas permanecen en modo supervivencia, lo que significa que algunas consecuencias para la salud mental aún no son completamente visibles”, afirma Jorge Castro Armijo, nuestro compañero y coordinador de proyectos en Vinnytsia, al oeste de Ucrania.

    Damir tiene dos meses. Su madre, Kateryna Murashkina, tiene 17 años. Desde que nació, lo han bañado dos veces: una en el hospital y otra en un día excepcional en el que volvió la electricidad por un breve periodo de tiempo.

    “Ahora usamos toallitas porque hace mucho frío”, explica. “La habitación no se calienta a tiempo para bañarlo. Tengo miedo de que mi hijo se resfríe”.

    Kateryna y Damir viven en un antiguo instituto científico de Dnipro, reconvertido en refugio en 2022, donde nuestros equipos ofrecen consultas médicas a los residentes. Alrededor de 270 personas desplazadas de zonas ocupadas o ciudades reducidas a ruinas viven ahora allí. Los repetidos ataques de las fuerzas rusas contra las infraestructuras energéticas hacen que los residentes pasen días sin calefacción, agua ni electricidad, con temperaturas que bajan hasta los 20 °C bajo cero.

    Nuestra presencia en refugios como este, a través de clínicas médicas móviles, refleja las crecientes necesidades de las personas desplazadas, ya que los combates siguen vaciando pueblos y aldeas. Las consultas realizadas a través de las clínicas médicas móviles se duplicaron con creces en 2025 en comparación con 2024, pasando de 4.327 a 9.500.

    • Cuatro años de la escalada de la guerra en Ucrania

    Para muchas personas que viven cerca del frente, la decisión de abandonar su hogar lleva mucho tiempo y es extremadamente difícil, a pesar del peligro extremo que corren. Con medios económicos limitados y pocas alternativas, las personas mayores y las que padecen enfermedades crónicas suelen permanecer en sus hogares hasta que los bombardeos continuos y el colapso de las infraestructuras y los servicios esenciales, incluidos los servicios médicos, no les dejan otra opción que huir.

    La magnitud de la destrucción en Ucrania es enorme y no ha hecho más que aumentar desde que las fuerzas rusas invadieron el país en 2022. La naturaleza de la guerra en primera línea, que incluye artillería, drones y misiles, hace que nada ni nadie se salve a medida que avanza. Nuestros equipos también se han visto obligados a adaptarse, abandonando 7 hospitales y más de 40 lugares donde tenían clínicas móviles.

    Junto a la devastación material, se extiende un impacto menos visible pero igualmente profundo: el deterioro de la salud mental. Entre 2022 y 2025, nuestros equipos realizaron más de 55.000 consultas psicológicas.

    La mitad de los pacientes que hemos atendido en el centro de salud mental ha recibido un diagnóstico de trastorno de estrés postraumático o depresión”, explica Elena Butta, nuestra excoordinadora médica en Vínnytsia. “Cuando una proporción tan elevada de la población vive con las secuelas del trauma, se resiente el propio tejido social. No es solo sufrimiento individual: se ven afectadas las relaciones familiares, la capacidad de trabajar y la confianza en el futuro”.

    En Vínnytsia, en el centro Vidnovlennia (en ucraniano, “reconstrucción”), ofrecemos apoyo psicológico a personas afectadas por la guerra: veteranos, desplazados internos, supervivientes de cautiverio y civiles que han sufrido traumas, pérdidas o estrés prolongado. “Nuestro trabajo se articula en torno a varios pilares: psicoterapia para personas con trastorno de estrés postraumático; psicoeducación y promoción de la salud mental, con especial énfasis en la reducción del estigma a nivel comunitario; y formación de organizaciones locales para fortalecer su autonomía”, añade Butta.

    Lyman, en la región de Donetsk, es uno de los distritos en los que gestionábamos clínicas médicas móviles antes de que la inseguridad hiciera imposibles las operaciones. En junio de 2024, las actividades se suspendieron por completo. En la actualidad, aproximadamente 2.000 residentes permanecen en la ciudad del frente, la cual es epicentro de bombardeos a diario.

    Lyman también era el hogar de Zinaida Babisheva, de 67 años, que ahora vive en el refugio para desplazados de Dnipro. Ella recuerda la vida antes de la invasión a gran escala. Recuerda sacar las mesas a la calle en días festivos para comer con los vecinos. Recuerda su jardín.

    “Teníamos manzanas, ciruelas, cerezas, peras, melocotones. Muchas rosas y lirios”, dice. “Ahora mi hija cultiva flores, pero yo ya no tengo ganas de hacer nada”.

    • Cuatro años de la escalada de guerra en Ucrania

    Liubov Kuzmenko, de 65 años, de Siverskodonetsk, también vive en el refugio con Zinaida, Kateryna y Damir. Cuenta que su apartamento fue saqueado después de que las fuerzas rusas tomaran el control. Pero lo que más le pesa es la separación de su familia.

    “Mis padres se quedaron bajo la ocupación. Mi padre murió en 2024 y no pude volver para enterrarlo. Le envío mensajes de vídeo a mi madre, me duele no poder estar allí”.

    A medida que la guerra se prolonga, los hospitales, las farmacias, las escuelas y las tiendas han sido destruidas o cerradas. Comunidades enteras se han vuelto inhabitables. A medida que continúan los combates, el desplazamiento ha aumentado y las necesidades humanitarias se vuelven más complejas y prolongadas.

    Además de atención psicológica en toda Ucrania, también apoyamos a los hospitales: apoyando a los hospitales cercanos al frente, gestionando ambulancias para los heridos de guerra y operando clínicas móviles en los refugios y comunidades que acogen a personas desplazadas y en lugares donde la gente intenta permanecer a pesar del colapso de los servicios y el avance del frente.