“Uno de los gemelos no sobrevivió. El otro sigue luchando”
En Baidoa, Somalia, la desnutrición grave golpea a familias que afrontan además la falta de agua, alimentos y medios de vida. Nasteho y Nuriyo cuentan cómo la enfermedad de sus hijos se suma a una crisis que deja cada vez menos opciones para sobrevivir.
Nasteho, madre de un niño tratado por desnutrición aguda grave en Bumbashar, Baidoa, Somalia.
Nasteho Ibrahim ya ha enterrado a uno de sus gemelos. Su segundo hijo está ingresado ahora en el centro de tratamiento hospitalario del Hospital Regional de Bay, en Baidoa (Somalia), donde recibe atención por desnutrición aguda grave.
“Es una enfermedad que ha afectado a mis seis hijos; no hay ni uno de ellos al que no haya tenido que ingresar en el hospital por esto”, cuenta.
Esta es la tercera vez que Nasteho lleva a su hijo Ahmed al hospital durante su corta vida. Estaba demasiado débil para comer, tenía fiebre, diarrea y dificultades para respirar. Se recuperó después de seis días de tratamiento, pero volvió a recaer pocos días después de regresar a casa.
“Ayer y anteayer empezó a vomitar y a tener diarrea otra vez. Después volvió a tener dificultades para respirar y dejó de mamar”, explica Nasteho.
Su piel también muestra las consecuencias de la desnutrición.
“Mi hijo llora continuamente así porque tiene una lesión, hasta el punto de que ni siquiera se le puede coger en brazos, y yo no tengo leche materna para él”.
Nasteho tampoco puede producir suficiente leche para alimentarlo porque ella misma sufre desnutrición. “Ahora mismo no tengo leche en los pechos”, dice.
“Cuando le dan esta leche que proporciona el hospital, mi hijo se recupera. La última vez se la dieron y me lo llevé a casa sano. Mi leche materna no le sirve de nada”.
La enfermedad de su hijo se suma a una situación familiar en la que ya no queda nada a lo que recurrir. Nasteho perdió su trabajo como cocinera en una escuela cuando esta cerró, y ahora la familia sobrevive con los alimentos que pueden conseguir de vecinos y familiares.
“Les doy cualquier comida que podamos conseguir o que recibamos de nuestros vecinos, porque mi marido no tiene trabajo. Ninguna organización me ha ayudado nunca. Estamos buscando una organización que nos ayude y buscamos constantemente, pero todavía no hemos recibido ninguna ayuda”, afirma.
“Estamos sufriendo escasez de agua y no tenemos agua desde la estación seca, el Jilaal. Salvo alguna ocasión en la que conseguimos llevar un bidón de agua de los vecinos o de algún hogar cercano, no hemos visto que nadie nos dé agua. Necesitamos comida y agua; eso es todo lo que nos falta”.
Nasteho no vive desplazada. Lleva años viviendo en Baidoa, algo que muestra hasta dónde llega esta crisis, mucho más allá de los campamentos de desplazados. Los ingresos repetidos de su hijo en el hospital coinciden con lo que nuestros equipos observan en todo el estado del Sudoeste, donde los casos de desnutrición han aumentado a más del doble en un año.
“No tenemos alimentos nutritivos para darles a los niños!
Nuriyo Mo'alin, madre de una niña tratada por desnutrición aguda severa en Daudow
Nuriyo Mo'alin caminó durante horas para llevar a su hija al hospital. Tras siete días de tratamiento por desnutrición aguda grave y sus complicaciones, la niña empieza a recuperarse.
“Mi hija está enferma; sufre diarrea y vómitos constantes. Y ahora también ha desarrollado anemia. No pudieron encontrarle una vena en las extremidades, así que tuvieron que colocarle la vía intravenosa en el cuero cabelludo”, explica Nuriyo.
Nuriyo es agricultora. Este año había traído una oportunidad poco habitual para cultivar, después de años de lluvias fallidas, pero la enfermedad de su hija acabó con esa posibilidad.
“Podría haber crecido algo en los campos después de que llegara la lluvia, pero justo cuando era el momento de cultivar, mi hija enfermó y no plantamos nada”, cuenta.
“Ha habido sequía durante los últimos años y tampoco pudimos beneficiarnos de estas lluvias porque mi hija enfermó. Recogemos leña y la llevamos a Baidoa. Es la única manera que tenemos de buscar un medio de vida”, explica.
Alimentar a sus hijos nunca ha sido suficiente. “He dado a luz a siete hijos y esta niña a la que estoy amamantando es la menor”, dice. La leche materna por sí sola nunca ha sido suficiente para mantenerlos.
“La leche materna sola nunca es suficiente para mis hijos; les doy té desde el mismo día en que nacen”.
A los recién nacidos se les da té dulce en lugar de leche pocas horas después de nacer.
“Si un bebé nace esta noche, por la mañana preparan té dulce con azúcar; lo dejan enfriar y se lo dan. Las verduras no están disponibles en absoluto en nuestra zona. Incluso si solo necesitas una cebolla, la única opción es pedirle a alguien que la haya comprado en la ciudad; de lo contrario, no hay manera de conseguirla”, relata.
Las familias que no tienen nada cocinan sorgo, si disponen de él.
“Una persona que no tiene nada simplemente cocina sorgo; si ni siquiera tiene eso, pasa hambre. Solo comemos dos veces al día, por la mañana y por la noche. E incluso entonces, es raro que consigamos hacer esas dos comidas”.
La ayuda organizada ha sido prácticamente inexistente.
“No hay ninguna organización que nos ayude”, dice Nuriyo. “Una organización nos dio algo de ayuda. Nos dieron 180 dólares durante dos meses, pero eso fue hace tres años”.
“Durante los últimos meses sufrimos una grave escasez de agua; incluso los burros que utilizábamos para ir a buscarla murieron a causa de la sequía”, explica.
Esta es la primera vez en su vida que Nuriyo lleva a un hijo al hospital. Su comunidad está tan alejada de la atención sanitaria como de la respuesta humanitaria.
“La gente suele ir a Baidoa, que está a ocho kilómetros, para buscar ayuda y recursos, pero nosotros ni siquiera hemos ido allí a buscar nada”, cuenta.
Nuriyo también ha sufrido desnutrición aguda grave.
“Yo estaba gravemente desnutrida en aquel entonces. Me trataron mientras estaba embarazada y después simplemente regresé al campo”, recuerda.
Fue tratada una vez y quedó sin seguimiento. Ahora, su hija atraviesa la misma situación.