100 días después de los terremotos en Venezuela: la vida en medio del desplazamiento y la recuperación
“Yo estaba en un edificio que colapsó. Quedé bajo los escombros y pensaron que estaba muerta cuando me sacaron. Solo recuerdo que estaba corriendo y caímos fuerte, en el abismo” me relata Elvira, de 76 años, sentada frente a mí en el consultorio donde recibe atención psicológica con Médicos Sin Fronteras (MSF).
“Míreme, aquí llegué con mucha crisis. No es fácil lo que yo viví, se lo aseguro. Todo me asustaba, lloraba mucho, no dormía. La psicóloga me sacó los nervios. Quiero salir de lo que estoy pasando. Quiero volver a ser la que era”, cuenta Elvira.
Cien días después del doble terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio, la naturaleza de la emergencia ha cambiado de manera significativa. Lo que comenzó como una respuesta centrada en salvar vidas y atender traumatismos físicos se ha transformado en una crisis marcada por las consecuencias prolongadas de la incertidumbre, el desplazamiento y el impacto emocional acumulado sobre las personas y las comunidades. Hoy en día, las necesidades más apremiantes ya no son únicamente las derivadas de las lesiones físicas causadas por los seísmos.
El peso físico del estrés prolongado
En las comunidades afectadas de La Guaira y Caracas, muchas personas continúan viviendo con el temor constante de nuevos movimientos sísmicos, la incertidumbre sobre el acceso a una vivienda segura y la dificultad para recuperar sus rutinas y medios de vida.
Esta situación sostenida en el tiempo ha transformado el impacto emocional inicial en cuadros persistentes de ansiedad, alteraciones del sueño, síntomas físicos relacionados con el estrés, sentimientos de desesperanza y un agotamiento generalizado que afecta tanto a individuos como a comunidades enteras.
"Lo que observamos hoy no es únicamente el efecto de un evento traumático aislado, sino el impacto acumulado de vivir durante meses en condiciones de incertidumbre. Muchas personas llegan a mi consulta con dolores musculares, cefaleas recurrentes, problemas gastrointestinales o insomnio, síntomas que con frecuencia reflejan un importante sufrimiento emocional y psicológico", me explica nuestra coordinadora médica, Milagritos Valderrama.
Estas dolencias físicas conviven con el empeoramiento de enfermedades crónicas —como hipertensión arterial, diabetes, asma y epilepsia—, padecimientos que suelen agravarse debido al estrés y a las duras condiciones del desplazamiento.
“Mire, esto me ha desmoralizado. Fue un desastre natural, pero ha acabado con todo, mi corazón, mente y alma. Sufro del corazón y de la tensión, y no duermo,” me explica Ashley Mayora, de 43 años, mientras me recibe dentro de su carpa en Mare Abajo, un complejo de viviendas que colapsó parcialmente tras el doble terremoto. “Yo vivía con mi hija y mi nieto recién nacido en mi casa, ellos son mi vida. Cuando esto pasó yo estaba en una carpa en la que solo cabía yo, tuvimos que separarnos. No se imagina la tristeza que sentía por no estar con mi nieto. El 29 de julio tuve un preinfarto. Yo estoy viva solo por ellos”.
El desgaste de los trabajadores de primera línea
"Mi esperanza era encontrar vida y lo que encontré fue cuerpos", me comparte Israel Lanza, de 36 años, rescatista de Protección Civil. "Le cuento lo que más me marcó: encontramos el cuerpo de un canino, y lo tenían abrazado una señora y su hijo. Sus brazos estaban alrededor de él, y todos fallecieron. Hasta la persona más valiente llora ante esto, créame. Llegó un momento en que mi propio nombre se me olvidaba. No reconocía cuando me llamaban. Estuve 15 días continuos sin pisar mi casa ".
Quienes han estado en primera línea de la respuesta también enfrentan sus propias consecuencias emocionales. Personal de salud, los equipos de protección civil, rescatistas y voluntarios han sostenido una intensa carga de trabajo mientras acompañan el sufrimiento de sus propias comunidades. La fatiga extrema, el estrés traumático secundario y los procesos de duelo acumulado son cada vez más evidentes entre los trabajadores esenciales.
“El día 6 recuerdo que me sentía agotado completamente. Tuve que parar. Pensaba en renunciar, le confieso que solo me decía a mí mismo que ya no podía más. Parte de mi familia vive aquí en La Guaira, y pasé 12 días sin saber nada de ellos” me relata Elvis Díaz, de 28 años, rescatista de Protección Civil. “Cuando me bañaba lloraba. Todo se me acumuló. Ya no sabía ni qué cargaba. Lo hacía en privado para que nadie me viera, para no incomodar a mis compañeros, porque todos estamos pasando por lo mismo”.
Reconstruir la estabilidad
A medida que los días avanzan, las necesidades de salud mental se hacen más evidentes en los refugios y comunidades, donde el dolor de la pérdida convive con la organización y el apoyo mutuo.
Rosmari Colmenares, vocera de su comunidad en Playa Grande, La Guaira, cuya vivienda quedó gravemente afectada y debió ser demolida, me mira con fijeza y me describe el peso de la ausencia y la incertidumbre:
“Lo más desgastante es que hasta el sol de hoy no sabemos nada de mi hermano. El edificio donde vivía se cayó; su esposa pudo ser rescatada, pero a él y a su hijo que tiene síndrome de Down no los encuentran. El cuerpo de mi sobrina sí lo encontraron,” me relata con la voz quebrada.
“Yo vi cómo demolieron mi casa; mi hijo me abrazó y lloramos. Tantos años de constancia para construirla, arreglarla... En segundos se destruye esa parte de ti y de tu familia. Entiéndame, no es fácil seguir la vida, perdiste tu lugar, perdiste tu familia. Mientras no tenga a mi hermano, nunca voy a estar bien”.
A pesar de la crudeza del duelo, en el día a día de los alojamientos temporales la solidaridad se convierte en un ancla. “Mientras estoy en el refugio, trato de mantenerme útil ayudando a las mujeres lactantes y a las embarazadas”, me cuenta Rosmari.
Esta alteración profunda del entorno también se refleja en la cotidianidad urbana. “A veces estoy en la calle y me pierdo, se lo juro. No reconozco porque se cayeron tantos edificios, negocios. Me cuesta ubicarme donde estoy. La farmacia ya no existe, el banco tampoco existe”, me comparte Elvira.
Es precisamente para evitar que este desamparo se convierta en una secuela permanente por lo que se vuelve vital garantizar el acceso continuado a servicios de salud mental y fortalecer la atención primaria. Para blindar ese bienestar, nuestros equipos han integrado la atención psicológica dentro de los servicios médicos primarios y han habilitado cuatro puntos dedicados exclusivamente a la salud mental. A través de este despliegue, se ha acompañado a más de 8.147 personas mediante consultas individuales, espacios grupales de psicoeducación y primeros auxilios psicológicos, devolviendo paso a paso la estabilidad perdida a los vecinos.
Y a través de este acompañamiento psicológico sostenido, la sanación avanza y comienza a dar sus frutos, como me confiesa la propia Elvira: “Así es, siento que ya volvió mi fortaleza. Hace unas semanas, le dije a la doctora: ‘Quiero ir a trabajar’. Después de que pensaba que nunca podría”.
Promover condiciones de vida dignas para las personas desplazadas es un elemento esencial para prevenir consecuencias a largo plazo en la salud y el bienestar de la población. Cien días después, el principal desafío ya no es únicamente responder a la emergencia, sino acompañar a las personas y comunidades en su proceso de recuperación. Porque reconstruir después de un desastre implica mucho más que reparar edificios: significa también restaurar la sensación de seguridad, estabilidad y esperanza en el futuro.
Balance de la intervención de MSF en los 100 días posteriores al terremoto
Para dar respuesta a esta crisis humanitaria y acompañar el proceso de recuperación en Caracas y La Guaira, nuestros equipos han desplegado una estrategia multidisciplinaria centrada en las siguientes áreas de acción:
- Atención médica primaria:
- Desplegamos 6 clínicas móviles para asegurar el acceso a la salud en las zonas afectadas.
- Realizamos más de 7.000 consultas médicas. Las dolencias más comunes atendidas por nuestros equipos fueron dolores musculares y óseos (21,7 %), infecciones respiratorias (21,4 %) y afecciones de la piel (12,4 %).
- Brindamos seguimiento médico a más de 880 pacientes con enfermedades crónicas (hipertensión, diabetes, asma y epilepsia).
- Durante las primeras horas de la emergencia, distribuimos 8,5 toneladas de suministros médicos y de primera necesidad para apoyar a los hospitales receptores.
- Salud mental y apoyo psicosocial:
- Implementamos una red de apoyo psicológico que incluye la apertura de 4 puntos exclusivos de atención en salud mental y la integración de este servicio en las consultas de atención primaria.
- Alcanzamos a 8.147 personas a través de consultas individuales, espacios grupales de psicoeducación y sesiones de primeros auxilios psicológicos.
- Agua, saneamiento e higiene:
- Con el fin de prevenir brotes epidemiológicos en los asentamientos temporales, nuestros equipos distribuyeron cerca de 860.000 litros de agua potable.
- Instalamos infraestructura crítica en el terreno, incluyendo 5 sistemas de potabilización y 127 filtros.
- Suministramos cloro e insumos para potabilizar más de 80,5 millones de litros de agua adicionales en las comunidades.
- Promoción de la salud:
- Llegamos a más de 16.792 personas mediante sesiones educativas y trabajo comunitario directo para fortalecer las medidas de prevención y autocuidado.
Últimas noticias de Venezuela
-
100 días después de los terremotos en Venezuela: la vida en medio del desplazamiento y la recuperación
-
Terremotos en Venezuela: la atención en salud mental se convierte en una necesidad vital
-
Venezuela: un mes después de los terremotos, miles de personas siguen sin acceso a servicios básicos
-
Venezuela: respondemos a unas necesidades en constante evolución