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29.06.2020

En plena pandemia, Burkina Faso atraviesa una crisis fuera del foco informativo

La población está sufriendo un aumento de violencia sin precedentes en la región del Este. En medio del conflicto, la pobreza y las epidemias recurrentes, decenas de miles de personas viven con miedo a sufrir nuevos ataques y cuentan con muy poca comida y agua.

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Por Abdalá Hussein, coordinador general de MSF en Burkina Faso

Mientras la información sobre la COVID-19 continúa ocupando gran parte de los informativos de todo el mundo, otras crisis humanitarias en las que la situación se deteriora cada día un poco más resultan cada vez menos visibles.

Ese es precisamente el caso de la región del Este en Burkina Faso, donde los asesinatos, los secuestros y los saqueos son ahora mismo algo habitual en casi todas sus aldeas. Esta región es una de las áreas más afectadas por el conflicto armado entre las fuerzas de seguridad nacionales y varios grupos armados; un enfrentamiento que ya dura cuatro años y que ha provocado el desplazamiento forzoso de cientos de miles de personas.

Lejos de la luz pública, las comunidades más vulnerables se enfrentan a enormes dificultades. En medio del conflicto, la pobreza y las epidemias recurrentes, decenas de miles de personas viven con miedo a sufrir nuevos ataques y cuentan con muy poca comida y agua. El acceso a los servicios básicos, como la atención médica, también es muy deficitario y sin embargo, la atención y la ayuda que reciben por parte de las autoridades y las organizaciones internacionales, es cada vez menor.

Los próximos meses serán aún más difíciles para ellos: la temporada de lluvias y el periodo de escasez de alimentos, que ya ha empezado en junio, generalmente desencadenan un pico en la desnutrición severa e incrementan la incidencia de la malaria, una de las principales causas de muerte en el país. Todavía no se han confirmado casos de COVID-19 en la zona, pero su amenaza supone un problema añadido al enorme desafío que supone el tener que prestar apoyo a la población en un entorno tan inseguro como este.

Desde mayo de 2019, proporcionamos atención médica y distribuimos agua y artículos de primera necesidad aquí, pero aún queda mucho por hacer. Y eso aplica tanto para nosotros como para todas las demás organizaciones humanitarias: hay que ampliar urgentemente los programas de ayuda si queremos evitar que se produzcan aún más muertes y sufrimiento.

Necesidades humanitarias y consecuencias psicológicas

En los últimos dos meses, una nueva oleada de ataques contra algunas localidades remotas de esta región del Este ha desarraigado a miles de familias, que han huido a las ciudades de Gayeri y Fada. Nuestro equipo ha escuchado testimonios desgarradores de supervivientes que sufrieron o presenciaron actos de una violencia extrema y que tuvieron que caminar durante días para llegar a un refugio seguro, dejando atrás todo cuanto poseían. Muchos perdieron a seres queridos y las consecuencias psicológicas que están sufriendo algunos son ya muy profundas. Una buena muestra de ello es el hecho de que desde enero hasta finales de mayo del presente año, nuestros equipos ya habían asistido a más de 5.300 personas con problemas de salud mental.

La falta de refugio adecuado es una gran preocupación, ya que muchas familias desplazadas se ven obligadas a vivir en tiendas de campaña hechas de paja o de trozos de plástico. Pero como decía antes: lo más alarmante de todo es que muchas personas, incluidas las comunidades de acogida de desplazados, apenas disponen de agua potable o de alimentos.

Un sistema de salud al límite

Después de tantos años de violencia, el sistema de salud en la región del Este de Burkina Faso está muy debilitado. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 30 centros médicos en el área han cerrado o han dejado prácticamente de funcionar. Los medicamentos y el material médico son escasos, a menudo a causa de los saqueos o porque la inseguridad impide la entrada de nuevos suministros, y, como era de esperar en circunstancias como estas, hay muy poco personal médico disponible.

Por un lado, la violencia extrema ha obligado a muchos médicos y enfermeras a trasladarse a zonas urbanas más seguras. Y, por otro lado, en este entorno tan volátil, las referencias médicas de urgencia desde las comunidades rurales a estructuras médicas especializadas pueden ser particularmente difíciles. Se han llegado a atacar ambulancias en la zona, a pesar de que es algo que está expresamente prohibido por el Derecho Internacional Humanitario, y el miedo está muy extendido. De hecho, sabemos que algunas personas son reacias a buscar atención médica porque temen que las asocien a uno de los bandos en conflicto y convertirse en objetivo directo de la contienda.

Mapa: MSF en la región este de Burkina Faso

La violencia dificulta la provisión de ayuda

La inseguridad en la región del Este de Burkina Faso está obstaculizando los esfuerzos de ayuda y plantea enormes desafíos para llegar a algunas comunidades, especialmente a las personas que viven en aldeas remotas.

El pasado 16 de abril, por ejemplo, tuvimos que cancelar una visita a la aldea de Tawalbougou, donde miles de familias desplazadas han buscado refugio, tras ser atacados por varios hombres armados, que no tuvieron reparos en disparar directamente contra uno de nuestros equipos médicos. Afortunadamente, logramos reanudar nuestras actividades en el área más tarde, y pudimos ayudar a las comunidades afectadas, pero muchas veces, después de un acto así, no podemos permitirnos volver. Y quien sufre las consecuencias es la población que se queda sin asistencia médica.

En ciertas áreas, resulta difícil recopilar información sobre la escala del desplazamiento u obtener una imagen completa de la situación real en cuanto a mortalidad u otros indicadores de salud. Nuestra capacidad para llegar a las personas más vulnerables a menudo está limitada por la inestabilidad y por la multitud de grupos armados que amenazan nuestra integridad y la de las personas a las que asistimos. Como resultado, miles de personas permanecen aisladas y privadas de servicios básicos, incluida esa atención médica que tanto necesitan.

El impacto colateral de la COVID-19

Burkina Faso ha registrado más de 800 casos de COVID-19 desde que el brote se confirmara en el país a mediados de marzo. Aunque hasta ahora toda la parte Este del país parece haberse salvado, la amenaza del coronavirus está siempre ahí. Y eso hace que al final, a pesar de no haberse detectado todavía casos, la pandemia esté teniendo un impacto colateral muy negativo en nuestro trabajo.

Al igual que otras muchas organizaciones, hemos tenido que pausar todos los servicios médicos no esenciales y hemos tenido que adaptar ciertas actividades. El apoyo psicológico, por ejemplo, ahora se lleva a cabo de forma remota: por teléfono y a través de programas de radio y folletos de sensibilización.

La COVID-19, combinada con la violencia, también supone un enorme obstáculo para las campañas de vacunación. Por ejemplo, tras la reciente aparición de un brote de sarampión, acordamos vacunar a todos los niños del distrito de Pama. El primer desafío al que tuvimos que enfrentarnos fue la seguridad de nuestros equipos, ya que el área tiene un historial de incidentes violentos contra trabajadores de salud y ambulancias. Y el segundo reto involucraba la estrategia de vacunación en sí, ya que reunir a todo el mundo para llevar vacunaciones masivas, ya no es una posibilidad real debido al coronavirus.

Tuvimos que remodelar nuestra configuración habitual, yendo de puerta en puerta en lugar de vacunar a los niños en los centros de salud. Y también tuvimos que asegurarnos de que todos los equipos de vacunación dispusieran de equipos de protección personal para minimizar el riesgo de infección. Este enfoque exigía una organización y tiempo significativos: era como prepararse para el control de dos brotes simultáneamente. Al final, como algunos hogares inicialmente se habían resistido a la vacuna contra el sarampión debido a los rumores de que tenía algo que ver con la COVID-19, nuestro personal de promoción de la salud comunitaria tuvo que hacer un gran esfuerzo para aclarar el problema, pero estamos contentos a pesar de todos estos obstáculos: al final logramos alcanzar nuestro objetivo y pudimos vacunar a más de 40.000 niños contra el sarampión.

Tener acceso a equipos de protección personal para nuestro personal también ha sido problemático, y esto limita nuestra capacidad de brindar asistencia. Tardamos más de dos meses en recibir una entrega desde el extranjero de trajes y batas, mascarillas y equipamiento similar.

Al mismo tiempo, las restricciones de viaje internacional nos impiden traer personal más experimentado al país, desde médicos especialistas hasta matronas y especialistas en logística.

Nos preocupa en especial el hecho de que muchas comunidades desplazadas y de acogida viven en condiciones precarias, que los servicios médicos se han reducido y que los servicios de cuidados intensivos y reanimación para pacientes gravemente enfermos son extremadamente limitados.

Por ello, es prioritario continuar intensificando las medidas preventivas a nivel comunitario, sabiendo que efectivamente no siempre es sencillo. ¿Cómo, por ejemplo, implementas las medidas de ‘distancia física’ en una tienda abarrotada? ¿Cómo puedes pedirle a alguien que se lave las manos con frecuencia cuando ni siquiera tiene suficiente agua para beber?

La pandemia no debe eclipsar otras necesidades agudas.

La COVID-19 es una emergencia dentro de una emergencia. Como vemos, es solo una de las muchas prioridades y por ello resulta imprescindible que no se usen los recursos de otras intervenciones médicas para combatir esta pandemia.

Es esencial mantener el coronavirus bajo control y evitar que se produzcan efectos colaterales, pero no a expensas de la respuesta a otras emergencias humanitarias que resultan igualmente preocupantes. En la región del Este de Burkina Faso, la COVID-19 no es necesariamente la principal preocupación de las personas: para miles de desplazados y comunidades de acogida, el simple hecho de sobrevivir ya resulta bastante difícil.

Aquí la gente no teme tanto al ‘bichito’, lo que teme es que la temporada de lluvias destruya sus refugios improvisados y temen sobre todo al hambre y la sed. Hacer frente a la pandemia debe seguir siendo una prioridad, pero no a costa de eclipsar otras necesidades agudas ni desviando fondos, personal y ayuda.

Trabajamos por primera vez en Burkina Faso en 1995. En la actualidad, nuestros equipos brindan asistencia médica y humanitaria a las comunidades desplazadas y de acogida en las regiones del Este, Sahel, Norte y Centro Norte, incluyendo atención primaria y secundaria, campañas de vacunación, agua, saneamiento e higiene, y distribuciones de artículos básicos de primera necesidad. Además, tras el brote de COVID-19 en Burkina Faso a principios de marzo, establecimos dos proyectos específicos destinados a combatir la enfermedad en la capital, Uagadugú, y en la segunda ciudad del país, Bobo-Dioulasso, con centros de tratamiento especializados, instalaciones, así como apoyo a otros puntos de salud y actividades de alcance comunitario. También hemos integrado la prevención y la gestión de casos en el resto de nuestros proyectos.

En el este de Burkina Faso, brindamos atención médica pediátrica y materna en dos hospitales de distrito y seis puestos de salud en Fada y Gayeri desde 2019. También hemos establecido una red de trabajadores de salud comunitarios capacitados para tratar enfermedades comunes, y detectar y derivar pacientes quienes requieren atención médica urgente. También hemos estado trabajando para mejorar el acceso al agua, inicialmente a través de camiones de transporte de agua y luego perforando y reparando pozos. De enero a abril, realizamos 29.248 consultas médicas, incluidas 5.969 consultas prenatales. A principios de mayo, distribuimos artículos de ayuda de emergencia, como jabón, baldes, mosquiteros y utensilios de cocina, a 3.500 personas recién desplazadas en la ciudad de Fada para ayudar a mejorar sus condiciones de vida.