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03.05.2019

Niños en Mosul: las heridas del conflicto aún no se han cerrado

Ahed, Anas, Abdalá, Salim y Saif son algunos de los niños ingresados en nuestro hospital de cuidados posoperatorios en Mosul, en Irak. Dos años después, aún recuerdan el trauma que les supuso la cruenta batalla de la capital. Este es un pequeño trozo de sus vidas.

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Ahed duerme profundamente en una sala de nuestro hospital de cuidados posoperatorio en Mosul, en el norte de Irak. La han operado 27 veces en menos de dos años. Su tía Rana pasa la mano por la cabeza de la joven Ahed y, entre susurros, desea que las heridas cicatricen para que su sobrina no tenga que recordar constantemente el drama que ha sufrido la familia.

El 19 de junio de 2017, la batalla de Mosul había entrado en su fase más cruenta, con el Ejército iraquí intentando arrebatarle los últimos barrios de la Ciudad Vieja a las fuerzas de Estado Islámico (EI). “La familia de Ahed vivía en esa área. Intentaron huir pero los milicianos de EI los obligaron a volver y sembraron explosivos alrededor de su casa, antes de subir a la terraza para usarla como posición estratégica. Poco después, el barrio fue bombardeado dos veces y 70 familias murieron en unos minutos. Solo sobrevivieron Ahed, dos de sus hermanas y un vecino”, explica su tía Rana. Ahed sobrevivió, pero su cuerpo quedó repleto de metralla. Casi dos años después, aún no se ha recuperado del todo.

Ahed es una de los muchos jóvenes y niños que han recibido tratamiento durante el último año en nuestro el hospital en el este de Mosul. En abril de 2018, abrimos este centro integral de cuidados posoperatorios para tratar a pacientes con heridas traumáticas.

En este año, han pasado por el centro 321 pacientes, incluyendo 52 niños, y algunos han estado en tratamiento durante semanas o meses. “Muchos heridos de guerra necesitan seguimiento y la ofensiva militar en Mosul tuvo un impacto abrumador sobre el sistema sanitario”, explica Itta Helland-Hansen, nuestra coordinadora de este proyecto. “Estamos aquí para intentar garantizar que la población recibe atención sanitaria y tratamiento a pesar de lo complicado del entorno”, añade.

Semanas o meses para recuperarse

En esa misma sala pasó casi un año Anas, que ahora ya sonríe porque está listo para irse a casa. “Estábamos sentados fuera, en el mercado, cuando cayó un mortero en medio de la calle. Anas salvó la vida, pero los médicos no pudieron hacer nada por sus piernas, que quedaron inmóviles. Tenía solo 11 años. “Cuando me alcanzó la metralla, me quedé inmediatamente paralizado. En ese preciso momento”, recuerda ahora Anas, que tuvo que ser operado ocho veces. Fue un proceso duro y doloroso. “Al principio, me entristecía cada vez que veía a los otros niños jugando. Pero me acostumbré poco a poco. Aprendí a no estar triste”, explica este niño que de mayor quiere ser médico. “He visto como nos trata el personal del hospital. Es bueno ser un médico”.

Otros podrán volver a caminar, pero les llevará tiempo. Abdalá, de 12 años, está sentado fuera de la sala. Acaba de terminar la sesión de rehabilitación, pero intenta que no se note lo cansado que está después del ejercicio. Tiene solo una pierna y todavía no puede llevar una prótesis. En verano de 2018, Abdalá fue herido en una explosión, él cree que por una mina. Su hermano murió al instante. “Los médicos intentaron salvarme la pierna, pero no pudieron. Estuve un mes en el hospital y luego volví a casa. Sin pierna y sin él”, recuerda. Desde entonces, Abdalá ha pasado por varios hospitales para hacer seguimiento de sus heridas pero, un año después, aún no se ha recuperado del todo. Hace unas semanas fue ingresado en nuestro hospital y los médicos descubrieron que tenía resistencia a los antibióticos. “Por eso estoy tardando tanto en curarme”, lamenta.

La carga invisible tras las heridas

Abdalá no es el único. Más de un tercio de nuestros pacientes en este centro presentan algún tipo de resistencia a los antibióticos[1], lo cual significa que no responden normalmente a algunos de los fármacos que reciben y eso complica mucho su recuperación.

Cerca de la cama de Abdalá está Salim, de su misma edad. También tiene resistencia a los antibióticos y tiene que estar en una sala de aislamiento para evitar que se propaguen las bacterias resistentes. En diciembre de 2018, una furgoneta lo atropelló cuando iba hacia a la escuela. “Me llevaron de inmediato al hospital más cercano. De entrada, los doctores nos dijeron a mi padre y a mí que probablemente perdería las piernas. Estaba muy asustado. Pero luego vino otro médico y dijo que haría todo lo posible para salvarlas. Me operaron cuatro veces, y luego ocho más desde que llegué aquí, al centro de MSF, en enero”. Desde entonces, Salim casi no ha salido de su habitación, donde lee libros escolares y juega al dominó con el psicólogo. “También me he hecho amigo de otros chicos ingresados, pero no podemos pasar mucho tiempo juntos o acercarnos demasiado, porque la mayoría tenemos bacterias y tenemos que llevar esta bata verde por protección”, explica.

Uno de esos amigos es Saif, uno de los pacientes más jóvenes. Lleva ingresado un mes. Su familia tuvo que huir por el conflicto y acabó viviendo en un campo cerca de Mosul. “La vida ahí no era fácil, pero aun así yo era feliz, porque podía ir a la escuela. Un día, otro niño me tiró una piedra grande y me partió la pierna”, recuerda. Fue de un hospital a otro antes de ser ingresado en el hospital de MSF. Los equipos descubrieron que también tenía resistencia a los antibióticos. “Los médicos me dicen que la recuperación está tardando más porque tengo bacterias que se lo ponen difícil a mi pierna. Y esas bacterias pueden causar problemas a otros, así que me han puesto en esta sala de aislamiento”, cuenta Saif. Los equipos de salud mental y promoción de la salud visitan cada día a Saif y a otros que, como él, tienen bacterias resistentes, para ayudarlos a sobrellevar las condiciones que conlleva el tratamiento.

Tras un año funcionando, nuestro hospital en el este de Mosul ha sido clave en la recuperación de estos pacientes. “Muchos fueron de un hospital a otro antes de venir, pero no conseguían recuperarse, ya fuera porque no tenían atención posoperatoria allá donde estaban o porque nadie se había dado cuenta de que habían desarrollado resistencia a los antibióticos. En algunos casos, incluso se mezclaban ambas circunstancias”, desgrana Itta Helland-Hansen. “Hoy en día, este es uno de los pocos centros médicos de Irak donde se puede tratar adecuadamente a estos pacientes, y eso explica en sí mismo por qué estamos aquí. Puede que la batalla de Mosul acabara hace dos años, pero las necesidades no. Es importante seguir aquí y que esta gente no sea olvidada”, recalca nuestra compañera. 

Artículo originalmente publicado en Silenciados-RTVE 

[1] 40% de los pacientes admitidos entre abril y mediados de noviembre del año pasado presentaban una infección confirmada en laboratorio. De entre ellos, el 90% tenían una resistencia a más de un antibiótico.

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