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14.02.2018

¿Quedarse o regresar? La difícil decisión que acucia a los desplazados en Aburoc

Un año después de que estallaran los combates en la región del Alto Nilo, en Sudán del Sur, muchos de los que huyeron de la violencia permanecen todavía en la aldea de Aburoc, donde buscaron refugio. En breve tendrán que hacer frente a una difícil elección: quedarse en la zona, donde las condiciones de vida son duras y se deterioran día a día, o regresar a casa, a sus pueblos, donde las tensiones persisten.

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“Les digo a mis hijos que cuando sea el momento de morir, moriremos”, cuenta Ana, madre de siete hijos, sentada en la puerta de su precaria cabaña. “En un primer momento, tuvimos que huir de la ciudad de Malakal; después, el año pasado, los enfrentamientos nos obligaron a abandonar nuestras casas dos veces. En ambas ocasiones, nuestras casas fueron destruidas”.

En mayo, más de 38.000 personas que huían de la violencia se dirigieron a Aburoc. Sin embargo, cuando llegaron, no había refugio, agua ni comida. Los combates entre las fuerzas del gobierno y de la oposición estaban cada vez más cerca y la comunidad llegó a plantearse un nuevo desplazamiento.

Durante los meses siguientes, muchos desplazados huyeron hacia el norte. En Aburoc queda un mercado, un par de tiendas de té, iglesias e incluso un taller de bicicletas. De Sudán llegan tractores cargados para proveer a los puestos del mercado, pero el dinero para comprar es escaso.

La mayoría de los desplazados vive en abarrotados refugios de mimbre, cubiertos con plásticos muy deteriorados a modo de tejado. La situación es apenas un poco mejor que cuando vivían al aire libre.

“Esta constante huida de una ciudad a otra ha hecho mella en la comunidad. Mientras algunas personas planifican con antelación, otras sigue mental y físicamente agotados por la terrible experiencia del año pasado”, afirma Paiva Dança, nuestra coordinadora de proyectos en Aburoc. “Algunos no pueden pensar en el futuro; lo más probable es que sigan la decisión del grupo”.

En los próximos meses, los desplazados de Aburoc, unas 8.500 personas tendrá que tomar una importante decisión. Entre febrero y mayo, el agua escaseará. La comunidad humanitaria y las autoridades están estudiando la costosa posibilidad de transportar agua en camiones desde el lejano Nilo.

“A pesar de que algunas de las ONG internacionales presentes en Aburoc están acelerando las actividades para proporcionar agua, es importante recordar que hace ocho meses el campo padeció un brote de cólera. Si queremos evitar que se produzcan nuevas epidemias, se deben mantener los estándares de cantidad y calidad del agua”, explica Jaume Rado, nuestro coordinador general en Sudán del Sur.

“La paz en esta parte de Sudán del Sur es frágil”, expone Jaume Rado. “Estos desplazados necesitan sentirse lo suficientemente seguros con respecto a la decisión de volver a casa cuando llegue el momento. Hasta entonces, deberían poder permanecer donde están”.

En estos momentos, existen tres opciones para los desplazados de Aburoc: Pueden quedarse donde están, tal vez un año más, y posiblemente asistir a un deterioro de las condiciones de vida y a una reducción del agua potable disponible. Pueden regresar a casa, a sus aldeas y, tal vez, encontrarse ante la misma violencia de la que huyeron. O bien, pueden trasladarse al norte, a Sudán, lejos de sus amigos y familiares, donde las condiciones de vida en los campos de refugiados son difíciles.

“Sudán no es mi hogar. Solo iré al norte si empieza a faltar el agua. De lo contrario, me quedaré aquí”, responde una mujer desplazada. “Volveré a mi aldea en las próximas semanas, pase lo que pase. Era un buen lugar y mi familia estaría mejor allí”, responde otra mientras sus amigas asienten.

Algunas organizaciones humanitarias presentes en la zona están empezando a irse para atender otras emergencias. Pero la comunidad de desplazados todavía necesita apoyo; la vida en Aburoc es insostenible sin la provisión de alimentos, agua, refugio y atención médica.

Incluso ahora, las raciones de alimentos son tan pequeñas que muchos desplazados tienen que encontrar formas alternativas de obtener ingresos para comprar lo esencial. Algunos trabajan como jornaleros para las ONG, otros fabrican y venden carbón. No es raro escuchar a las mujeres viudas destilando y vendiendo un licor local, llamado Marrisa, por algunas libras sursudanesas.

Nuestros equipos han estado con muchas de estas personas durante todo el traumático periplo. Dos de sus proyectos, en Wau Shilluk y Kodok, fueron destruidos en los enfrentamientos y, cuando la población huyó, la acompañamos. A principios de febrero del año pasado, abrimos un pequeño hospital de campaña en Aburoc para atender a una población que no dejaba de crecer.

“Al principio, veíamos principalmente pacientes con enfermedades respiratorias y diarreas, todos los problemas de salud estaban relacionados con la exposición a la intemperie. Estábamos muy preocupados por los pacientes que necesitaban medicamentos, como los que viven con el VIH”, afirma Irenge Lukeba Landry, nuestra responsable médica en ese momento.

Vamos a hacer todo lo que podamos para apoyar el derecho de estas personas a elegir entre permanecer en Aburoc o regresar a sus hogares. En este caso, esto se traduce en proporcionar servicios médicos y humanitarios donde las comunidades decidan estar”, manifiesta Jaume Rado. “Esperamos que otras organizaciones humanitarias hagan lo mismo”.