Metche, Chad: “Cada corazón guarda una historia, y cada historia merece ser escuchada”
Tres años de guerra en Sudán. Una de las mayores crisis humanitarias y de desplazamiento del mundo. Más de 1,3 millones de refugiados sudaneses han llegado a Chad desde el inicio de la guerra, alrededor de 47.000 de los cuales viven actualmente en el campo de Metche, en la frontera oriental con Sudán. Literalmente, en medio de la nada.
En nuestro hospital de Metche, hay un servicio especializado en salud mental que presta apoyo tanto a niños y niñas como a adultos. El equipo de salud mental lleva a cabo sesiones individuales y grupales, ofrece atención psiquiátrica, intervenciones en situaciones de crisis, apoyo a supervivientes de violencia sexual y de género, acompañamiento psicomotor (psico estimulación) para bebés con desnutrición y sus madres, actividades para niños, así como actividades de rehabilitación para personas que viven con trastornos graves de salud mental de carácter crónico.
Katia Koumantou, psicóloga clínica y responsable de nuestras actividades de salud mental, explica con más detalle en qué consisten estas actividades.
Centrándonos en los casos más graves, ¿qué situaciones de salud mental encontráis con mayor frecuencia en Metche?
Todos los casos son graves. Pero, si tuviéramos que definir los más graves, serían aquellos en los que existe un mayor riesgo, ya sea para la propia persona que sufre o para quienes la rodean.
Muy a menudo, vemos traumas profundos y crónicos que se manifiestan de formas complejas, desde un agotamiento psicológico extremo hasta otros síntomas de salud mental más graves, que pueden dificultar pensar con claridad, mantener la organización o incluso perder el contacto con la realidad.
Sin embargo, lo que observamos es que la mayoría de las personas a las que hacemos seguimiento comenzaron a desarrollar síntomas después de la guerra, tras presenciar situaciones de violencia extrema y condiciones inhumanas.
Al mismo tiempo, hemos observado un aumento muy significativo del consumo de sustancias, especialmente entre los adultos jóvenes, como una forma de afrontar el trauma y el dolor emocional. En muchos casos, esto acaba asociado a síntomas psicóticos graves y a un importante deterioro de la salud mental.
También atendemos a niños con dificultades del neurodesarrollo, ya sean congénitas o consecuencia de enfermedades graves que han afectado al cerebro, a menudo debido al acceso limitado a una atención y un tratamiento adecuados en el pasado. Muchos de estos niños siguen sin tener acceso a la rehabilitación especializada que necesitan, lo que con frecuencia provoca un mayor empeoramiento de su estado.
¿Cómo intenta responder nuestro equipo de salud mental a estas necesidades complejas en el contexto de Metche?
MSF respondemos mediante enfoques especializados y basados en la evidencia científica en materia de salud mental, que incluyen apoyo psicológico y psiquiátrico, protocolos clínicos y supervisión continua del personal de salud mental.
Pero la realidad a la que nos enfrentamos es tan compleja que, muchas veces, necesitamos volver a las necesidades humanas más básicas. ¡Seguridad, expresión y conexión!
Así fue como creamos un grupo de rehabilitación para adultos que viven con trastornos graves de salud mental, en el que adaptamos técnicas y herramientas que suelen utilizarse en intervenciones de apoyo infantil, como el juego en paralelo, las actividades creativas y la expresión a través del arte.
Casi como un pequeño regreso a la infancia. Un espacio seguro donde las personas pueden compartir historias, jugar, crear y, simplemente, estar juntas con otras personas. Personas de distintas edades, con historias y dificultades diferentes, pero que comparten la misma necesidad de conexión humana, aceptación y una pequeña sensación de normalidad en medio del caos.
En estas fotografías que has tomado, vemos a personas de este grupo de rehabilitación intentando formar un corazón, cada una a su manera. ¿Qué representaba esta actividad y qué observaste a través de ella?
Esta actividad tuvo lugar durante una de nuestras sesiones grupales, en la que hablamos sobre las emociones y sobre cómo, al final, las personas solemos sentir las mismas cosas, pero las expresamos de maneras diferentes, porque cada una tiene experiencias distintas y una historia propia.
Al igual que estos corazones, ninguno era igual a otro. Cada persona creó el suyo a su manera, de acuerdo con sus propias capacidades y, aun así, todos y cada uno eran hermosos. Para nosotros, esto representaba la idea de que cada corazón guarda una historia y cada historia merece ser escuchada.
Se trataba de expresarse, pero también de aceptar las diferencias. Especialmente en el caso de personas que, durante mucho tiempo, solo se habían sentido vistas a través del prisma de la enfermedad y el estigma, en lugar de ser reconocidas como seres humanos en toda su integridad.
¿Qué te han mostrado estas actividades sobre las necesidades de las personas, más allá de los síntomas y el trauma?
Las personas perdieron sus sueños al llegar aquí. La necesidad de conexión, de creatividad y de seguir soñando se convirtió en algo fundamental en estas sesiones grupales.
El trauma no es solo un recuerdo: cambia la manera en que una persona experimenta el mundo y percibe la seguridad que la rodea. Cuando alguien ha vivido durante mucho tiempo con miedo y en modo de supervivencia, el cuerpo y el cerebro permanecen en un estado constante de alerta y desregulación, como si el peligro siguiera presente.
Eso es lo que intentan conseguir estas sesiones grupales: ayudar a las personas a volver a sentirse presentes, aunque solo sea por un instante. Reconectar consigo mismas y con los demás. Volver a sentir seguridad, recuperar la capacidad de expresarse y experimentar de nuevo la presencia humana.
Porque todo ser humano merece tener derecho a soñar. Y en esas sonrisas podemos ver cómo, poco a poco, vuelven a aparecer pequeños fragmentos de seguridad, conexión y esperanza.
A través de tu experiencia en Metche, ¿qué es lo que más te ha impactado en relación con la salud mental y las personas que viven allí?
Hay tres cosas que me han impactado especialmente. La primera es hasta qué punto la salud mental ha ido perdiendo progresivamente el estigma dentro de la comunidad. Gracias a la presencia diaria del equipo sobre el terreno, vemos que cada vez más personas hablan abiertamente de su estado de salud mental y piden ayuda.
Y muchas veces, la manera en que aquí se comprende y se acepta colectivamente la salud mental parece mucho más avanzada que en sociedades que se consideran a sí mismas más ‘desarrolladas’.
La segunda ha sido el equipo, mi equipo. Las personas que trabajan cada día para proporcionar apoyo psicosocial a los refugiados sudaneses son, ellas mismas, refugiadas sudanesas que viven dentro del campo.
Y muchas veces me descubro preguntándome cuánta fortaleza exige este proceso. ¿Qué resistencia emocional hace falta para apoyar a personas que llevan dentro el mismo dolor que tú? La tercera cosa que siempre llevaré conmigo es la preservación de la dignidad a través de pequeños gestos cotidianos.
En Metche, las temperaturas pueden superar los 40 grados durante la estación seca, hay polvo por todas partes y el acceso al agua es limitado. Y, aun así, las mujeres del equipo de salud mental siempre llevan vestidos bonitos, perfectamente combinados con sus pañuelos, mientras que los hombres llegan con ropa limpia y cuidadosamente planchada.
Cada día llegan perfumados, aseados y con dignidad, mientras van y vienen entre el hospital y las actividades comunitarias, bajo el calor y entre el polvo.