Niños y niñas cada vez más enfermos, cada vez más tarde
En los campos rohinyás de Bangladesh, los niños y niñas llegan al nuestro Hospital de Kutupalong en condiciones más graves y con múltiples problemas de salud. La reducción de la ayuda humanitaria está dejando a las familias sin recursos para prevenir y tratar las enfermedades a tiempo.
En los extensos y superpoblados campos de refugiados de Cox’s Bazar, en Bangladesh, una crisis alejada de los titulares está teniendo un impacto devastador en la generación más joven de refugiados rohinyás. Los niños y niñas llegan a los centros médicos más tarde, en peores condiciones y con necesidades de salud física y psicológica complejas y simultáneas.
Nueve años después de huir de la extrema violencia en Myanmar, los niños y niñas representan más de la mitad de los 1,3 millones de refugiados que viven en condiciones de confinamiento indefinido. En estos campos, donde la financiación internacional disminuye y es cada vez más inestable, las familias tienen dificultades para acceder a alimentos básicos, atención sanitaria y educación, lo que pone constantemente en riesgo la supervivencia diaria de los menores.
Más allá de las dificultades físicas, los niños y sus familias soportan una enorme carga psicológica derivada de una vida en el limbo, atrapados por dinámicas políticas que no ofrecen soluciones significativas ni garantizan seguridad y dignidad a largo plazo. En el Hospital de Kutupalong —nuestro mayor hospital y principal centro de referencia para las personas que viven en los campos— los equipos médicos están siendo testigos del impacto, en gran medida ignorado, de esta crisis. Lo que antes era un hospital que atendía enfermedades comunes y estacionales se ha convertido en un centro de emergencias que recibe a niños y niñas en condiciones potencialmente mortales.
A medida que los centros de atención primaria reducen sus servicios debido a los drásticos recortes de la financiación internacional, centros de referencia secundarios como el Hospital de Kutupalong están asumiendo necesidades críticas que van mucho más allá de su capacidad y función originales. Hoy, las enfermedades físicas graves, la desnutrición crónica y el sufrimiento agudo en materia de salud mental están confluyendo, haciendo que los niños y niñas lleguen en peores condiciones y sean mucho más difíciles de salvar.
Niños y niñas ingresados varias veces en Pediatría
En el área de Pediatría del Hospital de Kutupalong, Yasmida, de 25 años, está sentada junto a una cama del hospital, sosteniendo a su hija de un año y medio, Halima Sadia. El pequeño cuerpo de Halima está frágil, debilitado por una desnutrición grave, fiebre e infecciones persistentes que la han dejado demasiado débil para sentarse o mantenerse en pie por sí misma.
Yasmida huyó de Myanmar en 2017, tras sobrevivir a un peligroso viaje de 15 días a través de montañas y ríos hasta llegar a Bangladesh. Hoy, viviendo en el campo junto a una familia de siete miembros, su día a día está marcado por los constantes episodios de enfermedad de su hija, que en ocasiones han provocado varios ingresos hospitalarios en un mismo mes.
“Mi bebé lleva muchos días muy enferma. Desde que nació, hemos acudido a distintos hospitales y centros de salud dentro de los campos unas 10 o 12 veces, y estuvo ingresada cuatro veces en el hospital de MSF”, cuenta Yasmida.
La experiencia de Yasmida al enfrentarse a emergencias médicas en plena noche refleja las graves barreras de seguridad y logísticas a las que se enfrentan las familias en los campos.
“Salir del campo por la noche da mucho miedo porque está muy oscuro y tengo miedo. Una vez, a las 2 de la madrugada, mi hija se puso muy enferma. Mi marido y yo salimos hacia el hospital con nuestra bebé enferma, pero después de caminar una corta distancia nos encontramos con un grupo de hombres. Golpearon a mi marido y le robaron todo lo que llevaba. Aquella noche, asustados, volvimos a casa en esas condiciones con nuestra hija y no pudimos llevarla al médico hasta la mañana siguiente. Por estas cosas, cuando el niño enferma por la noche no podemos salir, y su estado de salud empeora aún más por no recibir tratamiento a tiempo”.
Este retraso en la búsqueda de atención médica se repite en todos los campos. El Dr. Md. Nadim Shahariyar, director adjunto del Hospital de Kutupalong, observa que la historia de Yasmida y Halima forma parte de una tendencia más amplia.
“En los últimos años hemos observado cambios significativos en los ingresos pediátricos en nuestro hospital. Hay algo que sabemos con certeza: los pacientes llegan en condiciones más críticas y con varias enfermedades al mismo tiempo”, explica el Dr. Nadim. “Antes, los pacientes solían llegar con una sola enfermedad y se recuperaban bien. Sin embargo, recientemente los niños llegan a nuestro hospital más tarde, cuando la enfermedad ya está más avanzada, y a menudo presentan varias enfermedades y complicaciones. Esto hace que su manejo clínico sea mucho más difícil”.
El Dr. Nadim destaca cómo los drásticos recortes de la ayuda humanitaria han obligado a las familias a tomar decisiones desesperadas en su día a día que retrasan directamente la atención médica:
“Dentro de los campos hemos observado una reducción significativa de la financiación. Como consecuencia, las familias tienen dificultades para cubrir sus necesidades básicas diarias. Cuando los padres se ven obligados a priorizar la supervivencia cotidiana —como conseguir alimentos o garantizar su seguridad— retrasan la búsqueda de atención hospitalaria para un niño enfermo hasta que la situación se convierte en una emergencia potencialmente mortal, lo que provoca un aumento de los casos mucho más graves. Para un niño es especialmente difícil recuperarse cuando su sistema inmunitario está debilitado, ya sea por la desnutrición o por otras enfermedades. La recuperación puede ser extremadamente difícil y, pese al tratamiento, los resultados no siempre son satisfactorios»”
La desnutrición actúa como un amplificador invisible, convirtiendo infecciones infantiles tratables en emergencias potencialmente mortales.
Un punto de inflexión para el bienestar de los adolescentes
Más allá de las enfermedades físicas, una emergencia de salud mental está teniendo un impacto devastador en los jóvenes. El estrés crónico, la pobreza extrema, la falta de oportunidades educativas y la exposición a conflictos familiares están provocando un fuerte aumento del sufrimiento psicológico entre los adolescentes.
Beauty, de 13 años, y Jasmine, de 14, llegaron a un punto límite dentro de sus abarrotados refugios, lo que las llevó a intentar suicidarse antes de recibir atención psiquiátrica y asesoramiento en Shantikhana, una sala de asesoramiento psicológico y nuestro espacio seguro en el centro.
“Con las raciones que recibimos, de alguna manera conseguimos sobrevivir comiendo solo arroz y lentejas. No podemos comer nada más. Debido a tanto sufrimiento y privaciones, tomé aquella decisión”, recuerda Beauty, que intentó suicidarse después de sufrir una grave escasez de alimentos y conflictos familiares. “Después de aquello, vine a Shantikhana. Una consejera habló conmigo y me ofreció apoyo psicológico. Ahora entiendo que morir no es una solución”.
“La vida en el campo es difícil para las personas de nuestra edad”, explica Jasmine, quien cuenta cómo las dificultades estructurales agravan las tensiones en el hogar. “Las condiciones de vida aquí no son buenas. Muchas personas están hacinadas en pequeños refugios y las familias apenas tienen ingresos, lo que genera mucho sufrimiento. En general, la vida aquí es apenas soportable. Si el entorno del campo fuera mejor, quizá nosotros también nos sentiríamos mejor”.
Las dolorosas experiencias de Beauty y Jasmine reflejan las preocupantes tendencias registradas en los ingresos del Hospital de Kutupalong. Los datos del centro correspondientes al periodo entre 2023 y 2025 muestran que los menores de 18 años representaron el 27% —160 de 586— de todos los intentos de suicidio registrados, lo que significa que uno de cada cuatro intentos correspondió a un niño o adolescente.
Durante el mismo periodo, el 81% de estos intentos de suicidio en menores estuvieron directamente relacionados con la violencia familiar, agravada por el hacinamiento extremo y el estrés constante del día a día.
Esta crisis está creciendo rápidamente. La proporción de menores de 15 años que buscan apoyo de salud mental de MSF pasó del 9,7% —131 casos— en 2021 al 29,4% —232 casos— en 2025.
Shariful Islam, responsable de nuestras actividades de salud mental, destaca que estos actos son claros gritos de auxilio en un entorno insostenible:
“Estamos observando que tanto el número de pacientes de salud mental como la gravedad de sus problemas han aumentado significativamente en comparación con hace cinco años. Nuestro equipo también observa que los intentos de suicidio están motivados por una compleja combinación de factores, más que por una única causa. Las causas profundas están relacionadas con una asistencia humanitaria insuficiente, la falta de libertad de movimiento y una pérdida generalizada de esperanza después de casi nueve años de desplazamiento”.
Un llamamiento urgente a soluciones estructurales
Los datos del Hospital de Kutupalong demuestran que las enfermedades pediátricas y el aumento del sufrimiento relacionado con la salud mental infantil no son problemas médicos aislados, sino indicadores de una emergencia más amplia de protección y salud pública.
La reducción de la financiación en los campos ha debilitado la atención primaria, comprometido los programas de nutrición y deteriorado las condiciones básicas de vida, obligando a centros secundarios como el Hospital de Kutupalong a asumir necesidades críticas que van mucho más allá de su función original.
Un niño desnutrido con neumonía, un joven en situación de sufrimiento psicológico agudo o un paciente cuya enfermedad crónica ha dejado de estar controlada pueden parecer emergencias médicas aisladas. Pero, en conjunto, revelan las devastadoras consecuencias sanitarias de un sistema que se está contrayendo progresivamente en torno a una población confinada.
La intervención médica de emergencia no puede sustituir a la responsabilidad política. Los actores humanitarios y sanitarios, junto con la comunidad internacional, deben mantener una respuesta humanitaria adecuada, garantizando que se refuercen los alimentos básicos, la atención sanitaria y la protección mientras se busca una solución política duradera.