Cómo el personal sudanés sigue salvando vidas en medio de la guerra en Sudán
Altayeb, Sondos, Hagwa, Al Douri, Hanan, Zoubeida. Sus nombres no aparecen en los titulares, pero su historia es inseparable de la guerra en Sudán. Han perdido hogares, familias y certezas y, aun así, cruzaron ciudades devastadas y huyeron del horror para hoy seguir atendiendo a otras personas. En un país arrasado tras casi tres años de conflicto, nuestro personal sudanés mantiene la atención médica en pie.
En 2026, Sudán cumple tres años de una guerra que ha devastado ciudades, colapsado servicios esenciales y obligado a millones de personas a huir. Entre ellas se encuentran nuestros compañeros y compañeras, que cada día hacen esfuerzos extraordinarios para sostener la esperanza.
Cada uno de nuestros colegas sudaneses ha perdido algo a causa de la guerra. Desde las pérdidas más evidentes -sus seres queridos, familiares y amistades, y todo lo que habían construido a lo largo de una vida de trabajo- hasta otras que pueden parecer más pequeñas a primera vista: sus rutinas, su sensación de logro y su tranquilidad.
Y, sin embargo, cada día se levantan y salen de sus casas para llegar a nuestros centros de salud y oficinas. Lo hacen para ayudar a otras personas cuyas vidas también han sido despojadas de casi todo lo que les era querido. Nuestro personal sudanés -1.470 trabajadores y trabajadoras contratados localmente y 5.500 profesionales del Ministerio de Salud que apoyamos- es el pilar que sostiene nuestro trabajo en el país.
Desde abril de 2023, Sudán sufre un conflicto brutal entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF, por sus siglas en inglés) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF). Los combates han obligado a más de 13 millones de personas a huir de sus hogares y han provocado el colapso de los servicios esenciales. Según la ONU, se estima que 25 millones de personas sufren inseguridad alimentaria, y muchas padecen desnutrición. La población civil, incluidos niños y niñas, ha sido víctima de ataques, atrocidades con motivación étnica, secuestros, torturas y violencia sexual.
Pedimos a nuestros compañeros y compañeras que nos contaran qué les ha arrebatado la guerra y qué les motiva a seguir trabajando pese a estas pérdidas. Sus historias muestran que el conflicto no solo afecta a quienes necesitan atención médica, sino también a quienes la proporcionan.
Altayeb, cirujano en Tawila
El doctor Altayeb, cirujano ortopédico en Darfur Norte, huyó de El Fasher y llegó al hospital de Tawila una semana antes de que la ciudad fuera tomada por completo por las RSF. Él y su esposa dejaron atrás la vida cómoda que habían construido en una zona agradable de la ciudad. En los meses previos a su huida, esa vida se había vuelto insoportable. “Había un gran peligro porque los bombardeos podían empezar en cualquier momento”, explica.
Dos semanas después de la toma de El Fasher, su primera tarea como cirujano en nuestro hospital en Tawila fue limpiar y suturar la herida de un paciente que había perdido parte de la pierna durante la captura de la ciudad. Por coincidencia, se trataba de un primo lejano del propio doctor Altayeb, que tuvo que viajar durante tres días en un carro tirado por burros, con una herida abierta causada por una bala perdida, antes de llegar al hospital.
La motivación inicial del doctor Altayeb para huir fue encontrar un lugar seguro para que su esposa embarazada pudiera dar a luz. Su motivación para seguir prestando atención médica, sin embargo, viene de sus pacientes. “Algunos de mis pacientes de allí ahora están aquí”, dice.
Sondos y Hagwa, personal de maternidad en Darfur Oeste
En El Geneina, en Darfur Oeste, lo primero que la guerra le arrebató a Sondos fue la posibilidad de graduarse. “Cuando empezó la guerra estaba en mi último año, pero mi universidad cerró y nunca volvió a abrir”, cuenta. “La guerra me quitó mi mayor logro”.
Sin un título, no puede trabajar como enfermera, por lo que desempeña labores como intérprete médica en el hospital universitario de El Geneina. El conflicto también obligó a parte de su familia a huir de la ciudad durante tres meses. Cuando regresaron, descubrió que su hermano, su tía y otros familiares habían muerto.
“Fue el año más difícil de mi vida”, dice. Aun así, con las fuerzas que le quedaban, se unió a un grupo de personas voluntarias que reabrieron el servicio de urgencias del hospital.
“Solo queríamos ayudar a nuestra comunidad porque estaba sufriendo y no tenía servicios. Trabajamos hasta que MSF regresó al hospital y entonces pudimos continuar el trabajo con ellos para prestar atención”, explica.
En la sala de maternidad, Sondos trabaja junto a Hagwa, enfermera del Ministerio de Salud incentivada por Médicos Sin Fronteras. Hagwa señala que una de las principales pérdidas provocadas por el conflicto es la erosión de la confianza dentro de la comunidad.
“Antes de la guerra, todas las personas sudanesas eran iguales: amables, cariñosas y solidarias entre sí. Pero ahora, a causa de la guerra, vemos malos comportamientos entre nosotros”, explica. “Las familias también se han separado y viven con miedo. Nuestro hogar ya no es seguro”.
Al Douri, epidemiólogo en Jartum
Cuando estalló la guerra, el doctor Al Douri fue desplazado por la fuerza de Jartum, su ciudad natal. Cuando regresó, encontró su casa en ruinas y se vio a sí mismo entre los millones de sudaneses que lo habían perdido todo. Ahora, en el hospital universitario de Bashair, ve “dolor y desesperación” en cada paciente.
También trabaja en campamentos, donde se encuentra con familias que han viajado durante días en busca de seguridad. “Muchas llegan en un estado avanzado de desnutrición y enfermedad”, explica. Describe la crisis en curso como un golpe devastador para un pueblo “pacífico y muy acogedor”.
“Nos encontramos en una guerra que nos lo quitó todo”, reflexiona. Aun así, se niega a rendirse a la amargura. Lleva un mensaje desafiante para sus compatriotas: “No perdáis la esperanza. Un día volveremos a estar unidos en esta patria”.
Pero para que eso ocurra, afirma, el mundo no puede permanecer en silencio. “No dejéis de hablar de Sudán y del sufrimiento del pueblo sudanés”.
Hanan, trabajadora comunitaria de salud mental en Tawila
En Tawila, Hanan es testigo diario de una tragedia que desafía las palabras. Desde que comenzó el desplazamiento, ha visto el horror marcado en los cuerpos y las mentes. Presencia el trauma que sufren las mujeres, “ya sea físico o verbal”, y el profundo trauma de la violencia sexual.
Pero en el corazón de este caos, otra crisis la persigue: los niños y niñas que se quedan atrás. “A menudo encontramos menores abandonados”, explica. Estos niños y niñas son una de sus mayores motivaciones. Hanan nunca olvidará a un grupo de cuatro hermanos que conoció en el campamento. Su madre había fallecido y su padre desapareció en el caos de El Fasher. El mayor, de solo 12 años, intentaba desesperadamente alimentar a sus tres hermanos pequeños. Todos sufrían ya desnutrición grave.
“Estos niños no pueden sobrevivir sin la ayuda de las ONG”, dice Hanan. En el hospital que apoyamos en Tawila, por fin están recibiendo la atención que necesitan.
Zoubeida, matrona en Darfur Norte
Para Zoubeida, la guerra en Sudán ha sido un camino de supervivencia. Originaria de Zamzam, se vio obligada a huir cuando la paz que conocía se hizo añicos. “Nunca habría salido de El Fasher si no hubiera sido necesario”, afirma. El largo trayecto a través de Darfur fue agotador y doloroso. Al llegar, era una persona refugiada necesitada de ayuda, y encontró alivio gracias a las ONG que le proporcionaron alimentos y agua.
Pero la historia de Zoubeida no terminó como receptora de ayuda. Impulsada por su vocación médica, se unió a nuestra organización como matrona. Hoy atiende a mujeres embarazadas y a recién nacidos. En medio de un campamento de desplazados, trae nueva vida a un mundo en guerra. Sus oraciones están siempre con quienes han perdido la vida en el conflicto y por la “pronta recuperación de las personas heridas”.
MSF en Sudán
Gracias al trabajo de nuestro personal sudanés, en 2025 realizamos más de 720.000 consultas ambulatorias, atendimos casi 200.000 urgencias, llevamos a cabo más de 1.800 intervenciones quirúrgicas, asistimos cerca de 24.000 partos, proporcionamos más de 3.100 consultas por violencia sexual y ofrecimos más de 8.500 consultas de salud mental.
Actualmente, nuestros equipos trabajan en 8 estados de Sudán, proporcionando atención médica de emergencia basada únicamente en las necesidades de las personas.
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