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28.08.2017

Cólera en Yemen: “Ali lucha por su vida”

Antonia Zemp es enfermera del equipo de emergencias de Médicos Sin Fronteras desde 2015. Acaba de regresar de Yemen, donde ha trabajado en la respuesta a un brote de cólera que afecta ya a medio millón de personas y se ha cobrado 2.000 vidas.

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Intento insertarle la aguja en el brazo. Ali Aahme tiene 10 años. Sufre diarrea y vómitos desde ayer. Está extremadamente deshidratado. Sus ojos son negros y están hundidos, entornados, y no responden a la estimulación. Tiene las manos y los pies fríos a pesar de que hay 42 grados a la sombra. Tiene el pulso acelerado y es difícil tomárselo. Respira muy rápido. Sus venas están colapsadas, no es un trabajo fácil. Pido ayuda a mis compañeros yemeníes, ya que tienen más experiencia en estas situaciones y podrán encontrar una vena adecuada para administrarle fluidos intravenosos.

Todos somos conscientes de que Ali lucha por su vida y de que su supervivencia depende de que encontremos o no una vena.

Por fin conseguimos colocarle dos agujas y presionamos para que los fluidos entren su cuerpo exhausto. Su circulación succiona, como una esponja, el tan necesario líquido. Afortunadamente, observamos cómo su estado mejora en apenas 20 minutos. Ali empieza a moverse y a gemir. Su madre llora de agotamiento, miedo y alivio. Nos lo agradece eufórica.

Necesito un momento para respirar y procesar las emociones. Mis compañeros pasan a ocuparse el siguiente paciente, poniendo más agujas y ayudando a los enfermos a tomar sales de rehidratación oral.

Debemos ser más rápidos que el cólera. Debemos suministrar rehidratación a los pacientes más rápido de lo que el cólera los deshidrata con diarreas agudas y vómitos. ¡Más rápidos!

Abrumados

A principios de mayo, abrimos un centro de tratamiento del cólera enfrente de nuestro hospital en Abs, en el oeste de Yemen. El edificio es un colegio, cuyos alumnos están de vacaciones actualmente. Al inicio de la epidemia, cuando el número de pacientes era predecible, podíamos tratarlos y aislarlos en el propio hospital. Sin embargo, a medida que el brote avanzaba, el número de afectados iba aumentando tanto que nos quedamos sin espacio en el hospital.

La epidemia se extendió tan rápido que, una semana después de abrir el nuevo centro, sus 50 camas ya estaban ocupadas. Durante unos días, ni siquiera nos sorprendió cuando llegamos a registrar más de 200 pacientes por jornada. Al final de mi misión, atendíamos a más de 400 pacientes cada día. Mis compañeros de Abs me cuentan que, afortunadamente, el ritmo de ingresos ha descendido en las últimas semanas y el número de ingresos diarios ronda la treintena. Desde que comenzó la epidemia, solo en Abs hemos tratado a casi 15.000 pacientes.

Se necesita más ayuda para luchar contra el brote. Tratamos de responder a las necesidades y reorganizar más y más aulas para que puedan ser utilizadas como salas para pacientes. Pero el espacio probablemente es el problema más fácil de solucionar. Más pacientes significan también más medicinas, más personal, más agua, más camas, más baños. Y todo esto lleva tiempo, incluso en modo emergencia. Desde del equipo de coordinación planificamos con antelación, pero lo cierto es que las cifras tan elevadas nos abruman.

Mantener la mente fría no es una tarea fácil en estas condiciones, sin olvidar las altas temperaturas, que suelen superar los 40 grados, el pañuelo obligatorio por motivos culturales y la larga y negra abaya, la prenda islámica tradicional para las mujeres.

Como líder de un equipo médico, trato de planificar los turnos, junto con mi equipo, para el personal que no está reclutado todavía. Organizo sesiones de formación y hago pedidos de medicamentos para no quedarnos sin reservas. Trabajamos para garantizar que cada paciente sea registrado correctamente, de forma que los datos epidemiológicos puedan ser recopilados y para ayudar a que otros centros de salud también puedan identificar a los afectados. 

Un debilitado sistema de salud

Este brote sería muy diferente en un estado industrial europeo, pero estamos hablando de Yemen, un país en vías de desarrollo que sufre una guerra sangrienta desde hace más de dos años. El sufrimiento de la población es indescriptible. Cada día sus vidas se ven dominadas por el miedo, el hambre, la muerte y las enfermedades. Aunque intentes imaginar vivir en Yemen, no serías capaz de hacerlo.

El sistema de salud ha quedado muy debilitado por culpa de la guerra. Ahora mismo, funcionan menos de la mitad de las estructuras sanitarias del país. Su personal lleva sin cobrar casi un año y las medicinas escasean debido al bloqueo aéreo y naval.

Si un paciente llega en nuestro centro de tratamiento en un estado de deshidratación tal en el que ya no podemos salvarlo, y preguntas a la familia por qué no lo ha traído antes, una de las respuestas habituales es que no tienen dinero para llegar hasta el hospital. O que una bomba ha hecho el camino impracticable. O bien por miedo a encontrar la muerte en el camino en un ataque aéreo. Este es el día a día de los yemeníes. Cada historia me deja sin aliento.

Debido a la deshidratación, muchas mujeres embarazadas pierden a sus hijos antes de dar a luz. Los cuerpos de los fallecidos deben recibir un tratamiento especial para que no infecten a otras personas durante el entierro.

En una ocasión tuve que lavar a un bebé nacido muerto. Tenía entre siete y nueve meses. Lo peor no es tener delante un cuerpo perfecto, pequeño pero sin vida; lo peor de todo es que pensé que era lo mejor que le había podido ocurrir a esa pequeña criatura, porque su futuro hubiera sido uno de los más inciertos y difíciles del mundo.

Siento el mayor de los respetos por mis compañeros yemeníes. A pesar de todo, siguen motivados día a día para trabajar y luchar contra el sufrimiento al que ellos mismos también se exponen. Gracias.

 

Artículo publicado originalmente en el Huffington Post