Desnutrición infantil: hablan las madres
La desnutrición infantil amenaza la vida de los niños y niñas, pero sus consecuencias también afectan a quienes los cuidan, en su mayoría madres, que afrontan semanas de angustia, incertidumbre y separación de sus familias. En el norte de Nigeria, incorporamos apoyo psicológico a nuestros programas de nutrición para acompañarlas mientras permanecen día y noche junto a sus hijos e hijas durante el tratamiento.
Fatima Ibrahim, madre de Aisha Tijjani, de 23 meses. Maiduguri, Nigeria.
“Me llamo Fatima Ibrahim y mi hija se llama Aisha Tijjani. Llegamos aquí un jueves y mañana hará tres semanas que estamos aquí, en el centro de MSF en Nilefa Kiji, en Maiduguri, estado de Borno. Cuando llegamos, Aisha estaba muy enferma, pero ahora, gracias a Dios, está mejor. Hemos estado recibiendo tratamiento con regularidad. El personal sanitario está haciendo todo lo posible por nosotros y estamos muy agradecidos.
Aisha enfermó primero de meningitis. En aquel momento no tenía mucha fiebre y su estado era estable. La llevé al hospital Umaru Shehu, donde vimos a un médico y le dieron algunos medicamentos. Después volvimos a casa.
Una semana más tarde empezó a tener convulsiones. La llevamos al hospital, donde le pusieron una inyección y la ingresaron para que recibiera atención. Nos dieron el alta después de cinco días porque estaba mejor y podíamos seguir cuidándola en casa.
Después de regresar a casa, volvió a tener convulsiones. La trajimos aquí [al centro de MSF de Nilefa Kiji, en Maiduguri, estado de Borno] y quedó ingresada. Desde que llegamos, ha estado recibiendo tratamiento y ahora ha mejorado.
Cuando la traje aquí por primera vez, estaba triste; lloraba y estaba preocupada. Los consejeros de MSF me consolaron. Me sentí mejor y, poco a poco, dejé de preocuparme.
Tengo otros ocho hijos que tuve que dejar en casa. No hay nadie que cuide de ellos. Su padre está fuera. Le conté a uno de los consejeros que no tenemos nada que comer ni beber. Vivimos en las afueras de Maiduguri. Cuando su padre viene, no se queda mucho tiempo antes de volver a su trabajo.
Estoy muy preocupada por mis hijos. Ayer mi hija mayor tuvo fiebre y su padre no tenía dinero para comprar medicamentos. Ayer lloré y no tenía apetito. Incluso esta mañana no tuve ganas de comer hasta la tarde, cuando finalmente comí algo.
Mañana hará tres semanas que estamos aquí y su padre todavía no ha podido venir a visitarnos. A veces el dinero para el transporte es un problema.
Un hombre que vino a visitarnos hace unos días nos dio 400 nairas. Lo estaba utilizando para comprarme comida porque normalmente no me gusta la papilla, que es lo que nos dan para desayunar. Ahora se ha acabado el dinero.
Las actividades de salud mental me han ayudado a sentirme mejor. Me han ayudado mucho. Ahora ya no me preocupo tanto. He estado rezando.
Aisha está mejor. Si no fuera por la ayuda que recibimos aquí, ¿adónde habríamos ido? Ni siquiera tenemos suficiente para comer. Antes de venir a este hospital, tejía gorros y hacía pequeños trabajos comerciales para conseguir dinero con el que alimentar a mi familia. A veces, cuando no hay suficiente dinero, pasamos hambre”.
Halima Mohammed, madre de Fatima Mohammed. Maiduguri, Nigeria.
“Me llamo Halima Mohammed y mi hija se llama Fatima Mohammed. Hemos pasado 45 días en el hospital, aunque 15 de ellos estuvimos en Shuwari [por derivación de MSF]. La trajimos aquí [al centro de MSF de Nilefa Kiji, en Maiduguri, estado de Borno], pero después de tres días nos derivaron a Shuwari porque Fatima tenía sarampión. Después de 15 días, cuando mi hija se recuperó del sarampión, nos derivaron de nuevo aquí [a Nilefa Kiji].
Al principio nos dimos cuenta de que estaba perdiendo peso y se le estaba cayendo el pelo. Nos preguntábamos cuál podía ser la causa. Perdió peso y después se le empezó a hinchar el cuerpo. Los medicamentos que compramos en las farmacias no funcionaron, así que la traje aquí y quedó ingresada. Al principio me dijeron que no podían ingresarla, pero les rogué que lo hicieran porque en aquel momento ya tenía otro hijo ingresado. Les enseñé al niño que estaba hospitalizado y aceptaron ingresar también a mi hija.
Después de cinco días de ingreso, dieron de alta a mi hijo, que estaba recibiendo tratamiento por desnutrición, y ahora está mejor. Ahora es mi hija la que sigue aquí, pero también está mejorando. Ella ingresó cuando mi hijo todavía estaba hospitalizado. Durante los últimos dos días tampoco me he encontrado bien. Pedí que dieran de alta a mi hija y les aseguré que no me estaba marchando para desentenderme de ella, que ya estaba mejor, pero me recomendaron que no solicitara el alta voluntaria porque todavía no se encontraba estable.
Cuando traje a mis hijos aquí, su estado no era bueno, pero ahora están mejor. Estaba muy angustiada, pero mi hijo ya ha recibido el alta y está en casa. Solo mi hija sigue aquí. Desde que nos derivaron desde Shuwari no he podido dormir; no sé qué me pasa. Tengo apetito, pero dormir se ha convertido en un problema. Sé que antes de que mis hijos enfermaran, cuando estábamos en casa, dormía bien. Ahora, alrededor de las tres de la tarde, después de que hayan dado leche a los niños ingresados, duermo un poco, y eso es todo.
Mis otros hijos están en casa al cuidado de mi madre, que ya es mayor. Tengo una hija mayor que sabe cocinar, así que eso reduce un poco mis preocupaciones.
Creo que la razón por la que no me he encontrado bien estos últimos dos días es que no estoy durmiendo bien.
Cuando llegué aquí, mi hija estaba muy enferma y yo estaba triste, pero ahora que está mejorando, yo también me siento feliz. Incluso los médicos están sorprendidos por su recuperación y exclaman: “¡¿Esta es Fatima?!”.
Las actividades de salud mental han sido útiles. Cuando un niño está enfermo no puede jugar, pero cuando empieza a recuperarse quiere volver a jugar. Los consejeros vienen aquí a jugar con ella y también tenemos sesiones con ellos”.
(Ríe.) “Me hace feliz que Fatima esté mejor”.
Latifat Abdulkareem, madre de Aisha Abdulkareem, de 7 meses. Maiduguri, Nigeria.
“Me llamo Latifat Abdulkareem y mi hija se llama Aisha Abdulkareem. Tiene siete meses.
Mi hija empezó a tener dolor de cabeza, fiebre y tos, y comenzó a vomitar. Antes de traerla aquí, se desmayó. La traje aquí [al centro de MSF de Nilefa Kiji, en Maiduguri, estado de Borno] y empezó a recibir tratamiento. Los trabajadores sanitarios de aquí trabajan día y noche para atender a los niños.
Cuando mi hija se desmayó, me sentí fatal. Durante días no pude dormir. Incluso pensé que mi hija no lo conseguiría. Cuando la traje aquí, las enfermeras me tranquilizaron.
Llegué hace cinco días. Tengo otros hijos en casa y me preocupo por ellos. Ayer le pedí a mi hermana que trajera a mi hijo mayor. Cuando vino, me preguntó cuándo iba a volver a casa. Dijo que tenían hambre porque yo no estaba allí. Los niños quieren que vuelva a casa. Eso me pone triste. Pregunté a un médico cuándo me darían el alta, pero me dijo que mi hija todavía necesita seguir tomando la leche terapéutica en el hospital y que, cuando mejore, recibirá el alta.
Los consejeros vienen aquí a jugar con mi hija y también tenemos sesiones grupales en el espacio de salud mental. Los consejeros son muy amables”.
Maryam Alimu, consejera y educadora de MSF. Maiduguri, Nigeria.
“Me llamo Maryam Alimu y trabajo con MSF como consejera y educadora. Llevo 10 años trabajando con MSF.
Cuando los padres y cuidadores llegan con niños que sufren desnutrición, normalmente están deprimidos y se sienten indefensos y perdidos.
Como consejera que trabaja en urgencias, proporciono a los cuidadores primeros auxilios psicológicos. Intentamos animarlos a desarrollar resiliencia y mantener viva su esperanza, ya que ahora están en un centro médico. Les decimos que hay médicos que pueden tratar la enfermedad de sus hijos.
Cuando los pacientes y sus cuidadores permanecen mucho tiempo en el centro, no es fácil ni para ellos ni para nosotros, los consejeros. En nuestras sesiones nos damos cuenta de que muchos tienen otros hijos en casa que no tienen suficiente comida. Eso afecta a la manera en que colaboran con nosotros porque están pensando en los hijos que han dejado en casa. A veces los cuidadores firman el alta voluntaria contra recomendación médica porque están preocupados por los niños que tienen en casa. Esto supone un desafío para nosotros.
Aunque algunos cuidadores intentan marcharse antes de tiempo, tratamos de explicarles la importancia de seguir correctamente la medicación y el tratamiento de sus hijos. Si quieren hablar con sus hijos en casa, les ayudamos permitiéndoles utilizar nuestros teléfonos. Tenemos teléfonos destinados al equipo de salud mental y dejamos que los cuidadores los utilicen para saber cómo están sus hijos en casa.
Si aun así insisten en volver a casa para ver a sus hijos, colaboramos con los promotores de salud. Ellos tienen triciclos motorizados —los llamados rickshaws—, así que coordinamos con ellos para llevar a los cuidadores a casa, permitirles ver a sus hijos y después traerlos de vuelta al centro. Muchas veces, cuando hacemos esto, los cuidadores se quedan más tranquilos. Así es como abordamos el problema.
Realizamos sesiones individuales y grupales. Cuando los niños y sus cuidadores reciben el alta, muchos vuelven para contarnos su experiencia. Explican cómo se sienten al marcharse y lo comparan con cómo se sentían cuando llegaron. Algunos incluso nos piden nuestros datos de contacto para poder seguir en comunicación.
Me hace feliz verlos marcharse contentos. Me apasiona mi trabajo porque hay muchos cuidadores que han sufrido situaciones traumáticas. Poder ayudarles a desarrollar resiliencia es lo que me hace feliz”.
Keturah John, consejera y educadora de MSF. Maiduguri, Nigeria.
“Me llamo Keturah John, soy consejera y educadora y llevo tres años trabajando con MSF.
Cuando los cuidadores llegan por primera vez, por ejemplo, a urgencias, normalmente están muy preocupados y angustiados. Algunos muestran signos de ansiedad por el estado de sus hijos. Otros se sienten completamente desesperanzados y experimentan diferentes reacciones y emociones relacionadas con su salud mental.
A través de las sesiones individuales y grupales empiezan a afrontar mejor la situación. Sin embargo, quienes permanecen durante periodos largos, como dos o tres semanas, suelen empezar a quejarse después de un tiempo por sus hijos y sus familias en casa. A veces incluso olvidan el estado del niño que tienen con ellos en el hospital. Mentalmente, se ausentan del hospital. Algunos incluso firman el documento de alta voluntaria contra recomendación médica y abandonan el hospital, mientras que otros aguantan y completan el tratamiento.
Ofrecemos a los cuidadores educación psicológica. Junto con el promotor de salud, les explicamos la importancia y las ventajas de permanecer aquí por sus hijos, teniendo en cuenta su estado. Les informamos de que, si interrumpen el tratamiento antes de tiempo, es probable que tengan que regresar, a veces con un estado de salud más grave. Por eso hablamos con ellos, les animamos y les damos esperanza mientras ven cómo sus hijos mejoran.
Es bastante complicado porque, por ejemplo, una mujer que permanece hasta dos meses en la planta puede empezar a quejarse alrededor de la tercera o cuarta semana de ingreso. Hablas con ella hoy, mañana y durante muchos días, hasta que llega un momento en que, cuando vas a la planta a ver a los cuidadores, resulta difícil hablar con ellos porque ya están acostumbrados a escuchar los mismos mensajes. Convencerlos se vuelve complicado. A veces pedimos ayuda al equipo médico para explicarles el estado de sus hijos. Incluso llegamos a conocer la duración de la medicación y del tratamiento para poder explicárselo a los cuidadores y ayudarles a calmar su ansiedad.
Después de una estancia larga, cuando reciben el alta, algunos vienen a buscarnos con una alegría que se les ve en la cara. Cuentan lo desesperanzados que estaban debido a la gravedad del estado de sus hijos y sonríen al ver su mejoría y recuperación. Vienen llenos de felicidad. Algunos incluso regresan después del alta si necesitan algún medicamento; vuelven para enseñarnos a sus hijos y están muy contentos.
Me siento feliz, me siento realizada, siento que el trabajo se ha hecho bien.
Durante su estancia nos encontramos con muchas situaciones. Algunos cuidadores no vienen únicamente con los problemas a los que se enfrentan en ese momento, como el estado de sus hijos. Algunos llegan con problemas familiares o con síntomas de depresión relacionados con acontecimientos ocurridos tiempo atrás. A través de la educación psicológica, cuando identificas a un cuidador y tienes una sesión con él, puedes comprobar que eres capaz de mejorar no solo el estado del niño, sino también los síntomas del cuidador. Y a quienes necesitan medicación más potente o antipsicóticos, los derivamos al Hospital Universitario de Maiduguri para que reciban una evaluación y tratamiento adicionales.
Me siento realizada como consejera.
A través de la educación psicológica mantenemos sesiones con los cuidadores. Nos damos cuenta de que no siempre firman el alta únicamente porque estén cansados de permanecer en el hospital. Una mujer nos contó una vez que su marido la llamó para decirle que estaba cansado de cuidar de los niños y que los había dejado con los vecinos. Ella no podía seguir en el hospital. Tenía seis hijos. Tuvo que marcharse, no porque quisiera, sino porque sentía que solo se trataba de un hijo. Y cada día, cuando le daban comida, lloraba porque pensaba en sus hijos y en que quizá ellos no podían conseguirla”.
Mariya Mukhtar. Kano, Nigeria.
“Me llamo Mariya Mukhtar, soy madre de dos hijos y vivo en el área de gobierno local de Dawakin Tofa.
Lo que me trajo aquí [al centro de MSF en Unguwa Uku, área de gobierno local de Tarauni, estado de Kano] fue el estado de salud de mi hija, que se había vuelto muy preocupante y grave. Cayó enferma de repente en casa con sarampión, empezando con una fiebre muy alta. La llevé a nuestra clínica local, donde le pusieron unas inyecciones. Poco después aparecieron más síntomas del sarampión: empezó a tener diarrea y a vomitar con frecuencia. La llevé de nuevo a la clínica local y le dieron medicamentos, pero no funcionaron. La llevé una segunda vez y una tercera, pero los tratamientos seguían sin aliviarla. Finalmente, la llevé a Asia Bayero y desde allí me derivaron a este hospital.
Cuando llegué aquí, estaba completamente angustiada y desesperada. Había pasado por tantos hospitales sin que mejorara que realmente no creía que fuera a recuperarse. Cuando cruzamos las puertas por primera vez, estaba llorando. Respiraba con tanta dificultad que temía lo peor.
Para mi enorme alivio, en cuanto llegamos, el personal médico inició un tratamiento que superó todas mis expectativas. Le dieron medicamentos, le pusieron una vía intravenosa, le administraron inyecciones y la atendieron de manera extraordinaria. Poco después, la fiebre, los vómitos y la diarrea desaparecieron por completo. Recibió la atención que necesitaba desesperadamente y comenzó a recuperarse.
Hoy hace nueve días que llegamos. Gracias a Dios, mi hija ya puede sentarse y jugar —algo que antes no podía hacer— y vuelve a reconocerme y a hablar. Sinceramente, no tengo ninguna prisa por marcharme porque la recuperación que vine buscando es exactamente la que estoy recibiendo aquí, y puedo ver una mejoría real cada día.
Donde antes solo había lágrimas, ahora siento paz. Estoy profundamente feliz por mi hija. Espero y rezo para que Dios siga ayudando a esta organización y resuelva sus problemas, del mismo modo que ellos resolvieron los nuestros».
Nusaiba Al-Mustapha, 27 años, madre de Umar Kasim, de 19 meses. Sokoto, Nigeria.
“Me llamo Nusaiba Al Mustapha y he venido de la ciudad de Sokoto con mi hijo Umar. Llegamos al hospital el martes y llevamos aquí cinco días. Umar tiene un año y 7 meses. Su enfermedad comenzó con diarrea y estuvimos ingresados en cuatro hospitales diferentes antes de venir aquí. Solo cuando nos enteramos de que aquí ofrecían tratamiento gratuito decidimos traerlo.
Había oído a la gente decir que aquí los niños reciben una atención excelente y de forma gratuita y, gracias a Dios, lo he podido comprobar por mí misma. Cuando traje a mi hijo, apenas podía respirar. Los médicos lo colocaron inmediatamente en una cama y le proporcionaron toda la atención médica necesaria. Los médicos y las enfermeras no se limitan a estar sentados: trabajan muchísimo e incluso lo revisan cada pocos minutos durante la noche.
La diferencia entre cuando llegamos y ahora es enorme. Al principio, su respiración era irregular y ni siquiera podía sentarse. Pero después de ponerle oxígeno y administrarle medicamentos, su respiración se estabilizó. Ahora puede sentarse y beber agua. Sinceramente, cuando lo traje estaba profundamente preocupada y angustiada. No creía que fuera a sobrevivir. Pero con la ayuda de Dios, de los médicos y del equipo de MSF, gracias a Dios, está mejorando.
Tengo otros tres hijos en casa y mis otras esposas [del mismo marido] se están ocupando de ellos. Por supuesto, los echo de menos, pero sé que los cuidan como si fueran sus propios hijos. Aquí en el hospital también me han ayudado personalmente. Nos proporcionan comida por la mañana, al mediodía y por la noche, y nos han dado una mosquitera, jabón de baño, jabón para lavar la ropa, un cepillo de dientes, pasta de dientes e incluso un cubo para lavar la ropa.
Ver sufrir a mi hijo fue muy doloroso, pero ahora, gracias a Dios, respira bien y estoy muy agradecida por la ayuda que hemos recibido. De cara al futuro, rezo para que Umar crezca y se convierta en una persona buena y exitosa. Que Dios le conceda salud, una larga vida y bendiga su camino, al igual que el del resto de nuestros hijos.
En casa no tengo ningún negocio, pero me gustaría tener algo propio de lo que poder depender. Todavía no he participado en ninguna sesión de educación sanitaria ni de salud mental, aunque he oído que existen. Como solo salí de urgencias hace dos días, todavía no he tenido la oportunidad.
El médico me explicó que el principal problema de Umar era la desnutrición. Cuando le hicieron una extracción de sangre para analizarlo, no encontraron ningún otro problema. Creo que se debía a que no estaba comiendo adecuadamente en casa. Mis otros hijos no han tenido este tipo de enfermedad, aunque uno de ellos nació prematuramente. Por suerte, ha estado sano.
Estoy más agradecida de lo que las palabras pueden expresar. Que Dios siga bendiciendo a quienes nos ayudan y conceda la recuperación a todos los niños que están sufriendo”.
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