El impacto de la desnutrición infantil en la salud mental de las madres
La desnutrición infantil no solo pone en riesgo la vida de los niños y niñas: también somete a sus cuidadores, en su mayoría madres, a semanas de angustia, incertidumbre y separación de sus familias. En el norte de Nigeria, incorporamos apoyo psicológico a nuestros programas de nutrición para acompañar a quienes permanecen día y noche junto a sus hijos e hijas durante el tratamiento.
Los llantos de los niños y niñas llenan la unidad de cuidados intensivos de nuestro centro nutricional Nilefa Kiji en Maiduguri, estado de Borno, Nigeria. Las enfermeras pasan de cama en cama controlando las constantes vitales, administrando leche terapéutica y tranquilizando a unos padres y madres angustiados. Todos los menores ingresados aquí luchan contra una desnutrición aguda grave, una enfermedad que sigue cobrándose la vida de menores en el norte de Nigeria.
Muchos han sufrido una pérdida extrema de peso y masa corporal. Como la desnutrición debilita su sistema inmunitario, algunos llegan también con otras enfermedades, como sarampión, difteria o malaria. Para muchos niños y niñas con desnutrición aguda grave, el tratamiento puede durar entre una semana y un mes. Durante todo ese tiempo, sus cuidadores permanecen en el hospital, a menudo separados de sus familias y preocupados por lo que les espera en casa.
Las historias de estos cuidadores —en su mayoría madres de los niños— rara vez se cuentan. Sin embargo, su bienestar emocional se ve puesto a prueba por semanas de ansiedad ante el estado de sus hijos e hijas, la incertidumbre, la separación de sus familias y el miedo a perderlos.
La hija de 23 meses de Fatima Ibrahim, Aisha, ingresó en el centro nutricional Nilefa Kiji de Maiduguri después de sufrir meningitis y convulsiones recurrentes. Las tres semanas que pasó en el hospital estuvieron marcadas por sentimientos contradictorios. Aunque estaba agradecida de ver cómo su hija mejoraba, Fatima no podía dejar de pensar en los ocho hijos que había dejado en casa.
“Estoy preocupada por mis hijos”, explica. “No hay nadie que cuide de ellos. Su padre está fuera y no tienen nada que comer ni beber”.
Un día, se enteró de que uno de ellos había tenido fiebre, pero no había dinero para pagar el tratamiento. “Lloré y no pude comer”, cuenta. «Incluso esta mañana, no pude comer hasta la tarde».
Otra madre, Halima Mohammed, experimentó un tipo diferente de desgaste después de pasar 45 días desplazándose de un hospital a otro con dos hijos enfermos.
“Antes de que mis hijos enfermaran dormía bien”, explica. “Ahora apenas duermo. Durante los últimos dos días tampoco me he encontrado bien. Pedí que dieran el alta a mi hija y les aseguré que no me estaba marchando para desentenderme de ella; mi hija ya estaba mejor. Pero me recomendaron que no solicitara el alta voluntaria porque todavía no se encontraba estable”.
Latifat Abdulkareem se enfrentó a otro doloroso dilema cuando su hijo mayor fue a visitarla al hospital durante el ingreso de su hija.
“Me preguntó cuándo iba a volver a casa”, recuerda. “Dijo que tenían hambre porque yo no estaba allí”.
Kethurah John, nuestra asesora y educadora, trabaja con varios cuidadores cuyos hijos han sido ingresados por desnutrición. Según explica, la situación de los hijos que permanecen en casa deja a los cuidadores ante dos opciones difíciles y, en ocasiones, la actitud de sus maridos agrava aún más la situación.
“Una mujer nos contó una vez que su marido la llamó para decirle que estaba cansado de cuidar de los niños y que los había dejado con los vecinos”, relata Kethurah. “Ella no podía seguir en el hospital. Tenía seis hijos. Tuvo que marcharse, no porque quisiera, sino porque sentía que solo se trataba de un hijo. Y cada día, cuando le daban comida, lloraba porque pensaba en sus hijos y en que quizá ellos no podían conseguirla”.
Para Mariya Mukhtar, nueve días después de llegar a nuestro centro en Kano con su hija gravemente enferma, el hospital se había convertido en un lugar que le transmitía tranquilidad. La niña había llegado con fiebre muy alta, vómitos y diarrea, después de varias visitas infructuosas a otros centros sanitarios. Mariya temía que no sobreviviera.
Con el paso del tiempo, comenzó a observar un cambio drástico. Su hija ya podía sentarse, jugar, reconocerla y hablar, cosas que no podía hacer cuando llegaron.
“No tengo ninguna prisa por marcharme”, afirma Mariya, porque puede ver una mejoría real cada día. Ahora se siente tranquila al saber que su hija está recibiendo atención médica.
Estas historias ponen de manifiesto una consecuencia de la desnutrición que a menudo pasa desapercibida. Aunque las estadísticas médicas registran los ingresos y las tasas de recuperación, no pueden medir la carga emocional que soportan quienes intentan ayudar a sus hijos enfermos.
Para hacer frente a estos desafíos, MSF integramos el apoyo a la salud mental y psicosocial en nuestros programas contra la desnutrición del centro nutricional Nilefa Kiji. Los cuidadores reciben primeros auxilios psicológicos a su llegada, seguidos de sesiones individuales de apoyo y sesiones grupales en las que pueden compartir sus experiencias, expresar sus miedos y aprender estrategias para afrontar la situación. Los niños y niñas también participan en actividades de juego estructuradas que les ayudan a recuperar una sensación de normalidad durante su recuperación.
El apoyo va más allá del acompañamiento psicológico. Cuando los cuidadores se angustian después de perder el contacto con sus familiares, los orientadores les ayudan a comunicarse con ellos por teléfono. En algunos casos, se organizan visitas supervisadas a sus hogares para que puedan comprobar brevemente cómo están sus familias antes de regresar y completar el tratamiento de sus hijos.
Kethurah explica que muchos cuidadores recuperan poco a poco la esperanza a medida que ven cómo sus hijos se recuperan. Algunos incluso regresan después de recibir el alta simplemente para mostrar lo sanos que están sus hijos.
“Para nosotros, esos momentos nos recuerdan que cuidar de quien cuida también forma parte de cuidar del niño”, afirma.
Apoyar a los cuidadores es mucho más que un acto de compasión. Su bienestar emocional influye en su capacidad para mantenerse implicados en el tratamiento, seguir las recomendaciones médicas y proporcionar a sus hijos los cuidados que necesitan para recuperarse.
Mientras continúa la lucha contra la desnutrición, las necesidades de los menores y de quienes los cuidan no pueden separarse. Curar no consiste únicamente en recuperar el peso de un niño. También significa devolver la esperanza y la resiliencia a la persona que permanece cada día junto a su cama.
MSF apoyamos a los Ministerios de Salud de los estados de Zamfara, Katsina, Kebbi, Borno, Bauchi, Sokoto y Kano en la prestación de atención vital a niños y niñas que sufren desnutrición. En 2025, nuestros equipos trataron a 425.634 menores por desnutrición aguda en el norte de Nigeria, un 41,8% más que en 2024.
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