Por qué no pudimos detener el cólera en Sudán

Una enfermedad antigua en tiempos modernos.

Respuesta al brote de cólera en Kosti, Nilo Blanco, Sudán.

El cólera existe desde hace siglos. Sabemos cómo prevenirlo y tratarlo. Sin embargo, en 2024 y 2025, Sudán sufrió el brote de cólera más mortífero registrado en su historia moderna.

La enfermedad se extendió por primera vez a los 18 estados, con más de 124.000 casos y 3 500 muertes, según datos de la Organización Mundial de la Salud.

He dedicado gran parte de mi carrera médica a trabajar en situaciones de emergencia. Lo que me persigue de este brote no es simplemente que haya ocurrido, sino que se podrían haber evitado tantos casos y muertes.

Sudán se ha enfrentado al menos a 16 brotes de cólera desde la década de 1960, incluidas grandes oleadas en 2006, entre 2016 y 2018, y en 2019. Las lluvias estacionales y la precariedad de las infraestructuras agravaron esos brotes.

  • Clínica móvil en el centro de acogida de Al Tadamon, en el estado de Al Gedaref, Sudán. 21 de noviembre de 2024.

En los últimos dos años, la guerra ha alterado este patrón. Desde que estallaron los combates entre las Fuerzas Armadas de Sudán y las Fuerzas de Apoyo Rápido en abril de 2023, nuestros equipos han observado que el cólera sigue las rutas del conflicto y se propaga debido a las precarias condiciones de vida en los campamentos de desplazados. Los casos se dispararon en Port Sudán, El Gedaref, Jartum y Kosti durante la estación seca, meses antes de las lluvias que suelen acelerar la transmisión.

En febrero de 2025, un ataque afectó a la central eléctrica que abastecía a Kosti, en el estado del Nilo Blanco. La planta de tratamiento de agua de la ciudad dejó de funcionar, y a las familias no les quedó más remedio que recoger agua del río y comprar agua transportada en carretas tiradas por burros. A los pocos días del ataque, cientos de personas gravemente enfermas llegaron al Hospital Universitario de Kosti con síntomas de diarrea acuosa. El 5 de marzo, menos de un mes después, más de 3.000 pacientes habían ingresado con cólera y más de 100 habían perdido la vida.

La misma cadena de acontecimientos se repitió en otros lugares. En Jartum, los ataques contra las centrales eléctricas en mayo cortaron el suministro eléctrico a las bombas que abastecían de agua potable. Los apagones también interrumpieron el tratamiento del agua y el funcionamiento de los centros sanitarios. El cloro y otros suministros esenciales se retrasaron o se agotaron. La falta de financiación obligó a suspender los servicios de transporte de agua en camiones cisterna, lo que dejó a las familias ante la disyuntiva de elegir entre agua no potable y agua que no podían permitirse.

Dos años después, sabemos las causas. Estos brotes siguieron los ritmos de la guerra más que las estaciones o el clima. La mayor carga recayó sobre las personas con menor protección: las familias desplazadas dentro de Sudán, que a menudo vivían en campamentos superpoblados o asentamientos informales sin agua potable, saneamiento ni atención sanitaria cerca de sus hogares. En algunos lugares, los brotes habían comenzado a los pocos días de la llegada de nuevos desplazados.

  • Unidad de Tratamiento de Cólera de Al Gedaref. 21 de noviembre de 2024.

El cólera no se propagó en el vacío. El conflicto creó y agravó las condiciones que permitieron su desarrollo: sistemas de agua y electricidad dañados, desplazamientos masivos, acceso humanitario bloqueado y una respuesta carente de recursos. La enfermedad es prevenible. El reiterado fracaso a la hora de prevenirla en el pasado refleja decisiones políticas de no proteger a la población civil, de atacar y aceptar los daños a la infraestructura civil, de bloquear la ayuda de emergencia y de recortar los fondos que permiten una preparación adecuada.

MSF no estuvo ni mucho menos sola en esta última respuesta. Las organizaciones humanitarias trabajaron bajo restricciones extraordinarias. Allí donde los equipos internacionales no podían llegar, las Salas de Respuesta a Emergencias de Sudán, una red comunitaria gestionada por voluntarios, solían actuar en primer lugar. Organizaron puntos de abastecimiento de agua, alertaron a las autoridades de salud sobre los nuevos casos y mantuvieron con vida a las personas hasta que llegaron respuestas a mayor escala. Gran parte de la respuesta corrió a cargo de los trabajadores sanitarios sudaneses y de las propias comunidades.

Este brote, el de mayor envergadura, quedó controlado en marzo de 2026, pero el peligro no ha desaparecido. En junio se declaró un nuevo brote en Kordofán Occidental, tras la aparición en mayo de casos de diarrea acuosa aguda, antes de que la temporada de lluvias estuviera en pleno apogeo. También surgieron casos en Kordofán Norte, aunque las cifras han ido disminuyendo. Una vez más, el conflicto, la falta de datos claros de vigilancia y el acceso insuficiente al agua potable crearon las condiciones para que apareciera la enfermedad.

¿Qué hemos aprendido? Los equipos de respuesta sudaneses, las autoridades sanitarias y las organizaciones humanitarias han trabajado para prepararse, en cierta medida, ante futuros brotes. Lo que sigue faltando es rapidez: la demora se paga con vidas. Ahora deben suceder dos cosas, al mismo tiempo.

  • La doctora Micaela Serafini, presidenta de MSF Suiza.

Lo primero es el sentido de urgencia: debemos actuar con la rapidez que exige este brote. Mi mensaje a la comunidad de donantes, al Ministerio de Sanidad de Sudán y al resto de actores humanitarios es sencillo: la rapidez es tan importante como la propia inversión. Hay que reforzar la vigilancia para detectar los casos de forma precoz. La respuesta no puede seguir siendo centralizada; necesitamos formas de trabajo descentralizadas que refuercen la vigilancia sobre el terreno y se adelanten a la transmisión.  Eso significa invertir urgentemente en una preparación que incluye un plan de vacunación y servicios de agua y saneamiento. Cuando se puede salvar una vida de una enfermedad tan prevenible como el cólera, debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano.

La segunda es la rendición de cuentas. Las partes en el conflicto, y quienes ejercen influencia sobre ellas, deben respetar sus obligaciones en virtud del Derecho Internacional Humanitario y los Convenios de Ginebra de proteger las infraestructuras civiles, como los sistemas de agua y electricidad, esenciales para la supervivencia de la población. No se trata de medidas de protección opcionales. Cuando se ataca una central eléctrica o una planta de tratamiento de agua, las consecuencias van mucho más allá de la destrucción de las infraestructuras: se ven en la siguiente sala de cólera, llena de pacientes, algunos de los cuales morirán.

La lección que aprendimos del pasado brote de cólera no podría ser más clara. La única pregunta real que queda es si los implicados están finalmente dispuestos a aprender de ella mediante una acción humanitaria que financie y acelere la preparación, y una voluntad política que proteja a la población civil y las infraestructuras, antes de que la historia se repita una vez más.