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20.03.2017

Siria, este de Alepo: el deber de explicarlo al mundo

El asedio, el difícil acceso a la población y la intensidad del conflicto hicieron que alzáramos la voz contra el sufrimiento de miles de personas. Para ello, debíamos contrastar y fiarnos de los testimonios de terceros. A pesar del reto, no teníamos otra opción. No podíamos permanecer en silencio.

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Nuestros equipos empezaron a trabajar en el este de Alepo en 2013 con la dirección de un hospital en las afueras de la ciudad y con contactos establecidos con la red de hospitales existente en el área.

En 2014, tras el secuestro de uno de nuestros equipos en otra zona de Siria, decidimos retirar al personal que teníamos en el país. Seguimos prestando apoyo a varios hospitales, centros de salud y puestos de socorro mediante el envío de suministros y equipos médicos, manteniendo contacto telefónico periódico con el personal de las instalaciones sanitarias y mediante visitas del personal médico a Turquía.

Cuando el sitio de la ciudad se convirtió en una amenaza real, colaboramos con estos hospitales en la construcción de un almacén de suministros médicos para que las instalaciones pudieran seguir funcionando en caso de un largo asedio.

Cuando el asedio comenzó en julio de 2016, el elevado número de víctimas resultante de los ataques aéreos y de los combates por tierra saturó los hospitales.

Las existencias de material quirúrgico se agotaban y se hizo imposible enviar más suministros al este de Alepo. En agosto, el cerco se levantó brevemente y nuestros equipos enviaron 17 camiones que cruzaron las líneas de frente. Como resultado, los hospitales pudieron seguir en funcionamiento hasta el fin del asedio.

Durante el segundo asedio de la ciudad, la intensidad de los ataques aéreos se incrementó dramáticamente. Seguimos negociando con todas las partes del conflicto para tratar de llevar ayuda a la población.

Alzar la voz contra el sufrimiento

Sin embargo, nuestros esfuerzos fueron en vano. En octubre de 2016 nos encontramos ante una elección extremadamente difícil. Teníamos el deber de hablar y dar voz al sufrimiento de decenas de miles de personas y mostrar nuestra solidaridad hacia ellos.

Para ello, pusimos en marcha una intensa campaña de comunicación. Esto significaba desviarse de nuestro enfoque tradicional sobre los testimonios de nuestros médicos. En lugar de ello, debíamos fiarnos de los testimonios de doctores de programas que apoyamos.

Estos médicos asistían a la población que necesitaba de nuestra ayuda pero que nosotros no podíamos proporcionar. Como organización médico humanitaria respetada por nuestro trabajo y nuestras palabras, solo podíamos avalar sus testimonios tras comprobarlos oportunamente.

Sin embargo, esto presentaba muchos desafíos. El proceso era a menudo frustrante y decepcionante. El contenido solo se aprobaba después de una verificación cuidadosa.

Este proceso incluía la confirmación directa y detallada en casos como ataques a hospitales.

También suponía la verificación secundaria con otros contactos médicos y humanitarios de confianza y requería el desarrollo de otras formas de evaluación a distancia. Los datos que no se podían verificar y los que llegaban sesgados o no cuadraban quedaban descartados. Pero aunque el proceso constituyera todo un reto, no teníamos otra opción. No podíamos permanecer en silencio.