Isabel Coixet: "Ignorar lo que ocurre no debería ser nunca una opción"
Isabel Coixet es directora de películas como 'Cosas que nunca te dije' o 'Mi vida sin mí', que forman parte del imaginario de toda una generación. Y hace ahora 20 años, rodó el capítulo dedicado a la enfermedad del Chagas para 'Invisibles', el documental con el que MSF ganó un premio Goya.
¿Qué recuerdos tienes de Invisibles y de aquella experiencia con MSF en Bolivia?
En aquella época conocí a personas que habían estado en lugares como Chechenia, Ruanda, Afganistán… Tuve la oportunidad de ver de primera mano cómo trabajáis y de conocer a gente maravillosa. Soy socia de MSF desde hace 34 años y siempre había admirado vuestro trabajo, pero desde aquel momento me convertí en una incondicional.
Cuando ves de primera mano el esfuerzo, las ganas, ese sacrificio de quienes trabajan aquí… MSF tiene un aspecto pragmático que a mí me fascina. Nunca hacen las cosas desde la compasión, sino que dicen: “A ver, tenemos esta situación; qué podemos hacer”. Sin falsos heroísmos, sin adornarlo de épica,
En un mundo de gritos, en el que todo es “yo, yo y yo”, valoro mucho el que MSF esté siempre enfocado en las víctimas del conflicto, en los pacientes, etc. Para mí, estar con vosotros en Bolivia fue muy bonito.
¿Por qué cuesta tanto visibilizar conflictos como el de Sudán?
Esto viene del estado en el que está el mundo y la poca conciencia que hay a nivel global. Acabo de estar seis meses en Estados Unidos dando clase en la universidad. Y allí, mucha gente formada me decía: “Yo ya no veo las noticias, yo ya no puedo ver más a Trump”. Y es que es normal; están pasando tantísimas cosas, y hay una multiplicidad tal de altavoces, que es una cacofonía imposible. Y uno tiene que intentar poner su propio orden dentro de todo ese ruido. De todos modos, no vivimos en los mundos de Yupi; tenemos que tomar conciencia.
Al contrario que en las películas, ¿no tienes la impresión de que en el mundo real el malo siempre gana?
Mi pareja, Reed Brody, logró meter en la cárcel a Hissène Habré, un dictador de Chad que fue condenado por crímenes contra la humanidad. Para mí, ese ejemplo representa algo muy importante. El proceso duró 18 años y yo tuve la fortuna de presenciar en Senegal aquel momento histórico: en un lado estaban las víctimas, en el otro lado el dictador, que no habló durante los seis meses que duró el juicio. Ver a todas esas mujeres, que por primera vez se atrevieron a decir “este hombre me violó” a pesar del estigma que eso conlleva, fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida. Verlas lanzar los pañuelos al aire cuando el juez le declara culpable, me hizo ver que la justicia existe.
Vamos como gallinas sin cabeza, movidos por la inercia de nuestras vidas, pero merece la pena no dejar que el horror se apodere de nuestro imaginario. Hay una ola de oscuridad ahora mismo, es cierto, pero hay que pensar en que existe la justicia y la reparación.
¿Por qué están haciendo tanta mella en nuestra sociedad los discursos de odio?
Hay que juzgar a Trump y a todos los billonarios que lo apoyan, igual que hay que juzgar a Putin, a Orban y a todos los que promueven el odio. Yo digo: “Demos nuestro dinero a MSF y no a Jeff Bezos, para empezar”. En EE. UU., por ejemplo, he podido ver que hay resistencia, pero está muy opacada por el confort. Todos tenemos la tentación de vivir en nuestra burbuja, pero es que ya no es solo Sudán, Palestina o Burkina Faso; es también lo que pasa en el rellano de nuestra casa. Estar de una manera ética y consciente en el mundo es duro y difícil, pero ignorar lo que ocurre no debería ser nunca una opción.
¿De dónde viene tu interés por los derechos humanos y la ayuda humanitaria?
Me acuerdo como si fuera hoy. Tuve la fortuna de que mis padres me metieran en un colegio Montessori en una época en la que aquello era una cosa rara. Cuando tenía 7 años, vinieron dos chicas que habían estado en Biafra y nos pusieron unas diapositivas. A partir de ese momento, cuando nos pedían hacer un dibujo, yo ya solo dibujaba lo que había visto en aquellas diapositivas. Para mí fue un antes y un después. Recuerdo perfectamente hasta las caras de aquellas chicas. Me dije: “El mundo también es esto”.
En la película 'Un amor', el personaje principal tiene un pasado relacionado con los derechos humanos que no aparece en el libro
Conocí a dos intérpretes del Tribunal de la Haya en el juicio a Milosevic. Se me quedó grabado cómo hubo un momento en el que ya no podían escuchar más relatos sin venirse abajo. Una de ellas, una tipa brillante, formó parte un tiempo después de un comité para la admisión de refugiados en Copenhague. Cuando una de las personas a las que traducía no logró la admisión, ella comenzó a culparse de ello y entró en una depresión de la que todavía no ha logrado salir. Esa responsabilidad excesiva, ese peso que no podía llevar, me parecía una buena motivación para que un personaje decida irse a un pueblo y apartarse de todo.
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