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VIH/sida

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Más de 30 años después de su descubrimiento y del inicio de la pandemia, aunque la respuesta internacional ha mejorado, el VIH sigue siendo una emergencia médica mundial. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), hasta ahora han muerto 35 millones de personas; solo en 2016, murieron un millón de personas y 1,8 millones se contagiaron. En la actualidad, se estima que 36,7 millones de personas viven con el VIH, de las cuales 19,5 millones reciben tratamiento antirretroviral. La región más afectada del mundo sigue siendo África subsahariana.

¿Cómo se transmite y qué síntomas tiene?

El virus de inmunodeficiencia humana (VIH) se transmite por la sangre y los fluidos corporales. Va debilitando el sistema inmunitario, generalmente a lo largo de un periodo de entre 3 y 15 años (aunque 10 años es lo más habitual), hasta causar el síndrome de inmunodeficiencia adquirida o sida. Cuando las defensas se debilitan, pueden aparecer infecciones oportunistas como la candidiasis, la neumonía o varios tipos de tumores. Algunas infecciones pueden tratarse, mientras que otras son letales. La enfermedad oportunista más frecuente es la tuberculosis, la principal causa de muerte entre las personas con VIH.

Muchas personas viven con VIH durante años sin mostrar síntoma alguno y pueden no conocer su estado.

¿Cómo se diagnostica?

Un simple análisis de sangre buscando anticuerpos puede confirmar la presencia del virus. En el caso de los bebés, que pueden tener anticuerpos de la madre, son necesarias pruebas más complejas que no están disponibles en la mayoría de los lugares más afectados por la epidemia.

¿Cómo se trata?

Las combinaciones de medicamentos antirretrovirales (ARV), o terapias combinadas, ayudan a combatir el virus: permiten a los afectados vivir más y mejor sin que su sistema inmune se deteriore rápidamente. El tratamiento también reduce la probabilidad de transmisión del virus hasta en un 96%: el tratamiento es por tanto una forma eficacísima de prevención.

Según las últimas recomendaciones de la OMS, todas las personas diagnosticadas con VIH deben empezar inmediatamente el tratamiento. Además, su adhesión al tratamiento debe monitorearse con pruebas de carga viral: se mide la cantidad de copias del virus en sangre para comprobar si se mantiene en niveles indetectables o si es necesario cambiar a un régimen de segunda o tercera línea.

MSF y el VIH

Somos una de las organizaciones pioneras en el tratamiento del VIH en países sin recursos. Nuestros primeros proyectos de tratamiento se remontan al año 2000, en Tailandia: allí demostramos, frente al discurso imperante entonces, que a pesar de todas las dificultades, diagnosticar y tratar el VIH en países pobres es posible. En 2015, nuestros equipos, conjuntamente con los Ministerios de Salud, administraron tratamiento antirretroviral de primera línea a 222.200 pacientes con VIH y de segunda a 10.200.

Además del diagnóstico, tratamiento y pruebas de carga viral, nuestros proyectos de VIH incluyen tratamiento y prevención de las infecciones oportunistas, actividades educativas y de sensibilización (a través de grupos de pacientes que se ayudan mutuamente), asesoramiento y apoyo psicológico, y distribución de preservativos

Por otra parte, dado que la mayoría de los niños con VIH contrajeron el virus durante el embarazo, el parto o la lactancia, proporcionamos tratamiento para la Prevención de la Transmisión de Madre a Hijo (PTMH): consiste en administrar ARV a la madre durante el embarazo, el parto y la lactancia, y al bebé justo después de nacer.

En todos estos ámbitos, apostamos por la simplificación y la descentralización del diagnóstico y el tratamiento con el fin de que estén lo más cerca posible de las casas de los afectados. Por ejemplo, hemos implantado la estrategia de traspaso de tareas, con el fin de que actividades antes reservadas solo a los médicos puedan ser realizadas por otro personal sanitario, como la iniciación del tratamiento.

Más de la mitad de los países en los que trabajamos están en guerra o son muy volátiles e inestables: de ahí la importancia para nosotros de desarrollar estrategias que impidan que nuestros pacientes interrumpan su tratamiento en caso de que un brote de violencia les impida acudir al centro de salud o de que tengan que huir. Uno de los protocolos consiste en preparar bolsas con los medicamentos que necesitarán llevarse con ellos en caso de huida. En Sudán del Sur por ejemplo, un país afectado por el conflicto y con alta prevalencia de VIH, en las zonas donde trabajamos hemos sido capaces de tratar a todos los pacientes con VIH en el ámbito comunitario, tal y como recomienda la OMS. Seguiremos explorando nuevas formas de garantizarles el tratamiento.