Back to top

Fiebre amarilla

-A A +A

 

La fiebre amarilla es una enfermedad vírica, considerada hemorrágica, transmitida por un mosquito. A finales del siglo XIX y principios del XX, esta enfermedad hizo estragos en muchas regiones del planeta. Pero tras el desarrollo de la vacuna, se lanzaron campañas masivas de inmunización y las epidemias se redujeron considerablemente. Sin embargo, a finales del siglo XX, por múltiples causas –incluyendo debilidad de los programas de inmunización– la fiebre amarilla volvió a repuntar.

En la actualidad, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), es endémica en parte o en la totalidad de los territorios de 34 países africanos y otros 13 latinoamericanos. Las cifras de afectados son estimaciones y las más recientes son de 2013: entre 84.000 y 170.000 enfermos graves y entre 29.000 y 60.000 muertos en todo el mundo.

¿Cómo se transmite y qué síntomas tiene?

El virus de la fiebre amarilla es transmitido por el mosquito Aedes. El periodo de incubación dura entre tres días y una semana, y al cabo del mismo la mayoría de las personas no desarrollan síntomas o estos son leves: son similares a los de la gripe (fiebre, dolor de cabeza o muscular, etc.) y desaparecen a los pocos días. Cuando la afección es leve, la enfermedad remite; sin embargo, el 20% de los enfermos, tras una aparente mejoría, evoluciona a una fase muy grave. La fiebre se reanuda y el hígado se ve afectado. En esta segunda fase, es posible que el enfermo sufra ictericia (de ahí el nombre de la enfermedad), fuerte dolor abdominal, trastornos renales, vómitos, convulsiones y a veces hemorragias. En esta segunda fase, la tasa de letalidad puede ser alta: entre el 25% y el 60% de los enfermos.

¿Cómo se diagnostica y cómo se trata?

La fiebre amarilla es difícil de diagnosticar. En la fase temprana de la enfermedad, el virus puede ser detectado con análisis de sangre, mientras que, en las fases más avanzadas, son necesarias pruebas para detectar la presencia de anticuerpos.

No existe un tratamiento específico contra el virus de la fiebre amarilla, por lo que la enfermedad se combate mediante el tratamiento de apoyo o de soporte: se ayuda al paciente a superar la enfermedad combatiendo la deshidratación y las hemorragias, respondiendo a los fallos del hígado y los riñones, y tratando síntomas como la fiebre, el dolor y los vómitos.

¿Cómo se previene?

Al no haber tratamiento, la prevención es la mejor defensa contra la enfermedad. Existe una vacuna contra la fiebre amarilla desde los años 30 del siglo pasado, que además no es demasiado cara y es muy eficaz: al cabo de un mes, una dosis única proporciona protección de por vida en casi el 100% de los casos.

Sin embargo, producir esta vacuna es un proceso complejo y bastante largo; además, al fluctuar tanto la demanda, no hay una producción a gran escala. En 2016, por ejemplo, millones de personas fueron vacunadas en Angola y República Democrática del Congo a raíz del brote declarado a finales de 2015, y esto sometió a considerables presiones a la limitada reserva mundial de vacunas: dada su escasez, por primera vez tuvo que recurrirse a vacunar con una fracción solo de la dosis.

El control vectorial también es importante; se trata de acabar con el mosquito y sus larvas, y para ello deben eliminarse las aguas estancadas (un recipiente abandonado en el que se acumule el agua es un criadero natural) y fumigar tanto los criaderos como las viviendas. La distribución de mosquiteras es otra eficaz medida para prevenir la picadura del mosquito.

MSF y la fiebre amarilla

La fiebre amarilla es una de las enfermedades con las que nuestros equipos se encuentran a menudo en el terreno. La respuesta de MSF a un brote de fiebre amarilla consiste por una parte en la atención a los enfermos, que deben ser identificados y sus camas protegidas con mosquiteras; los casos leves habitualmente solo necesitarán antipiréticos para la fiebre, mientras que los casos moderados o graves pueden requerir rehidratación, drenaje nasogástrico, antibióticos para infecciones oportunistas y otras medidas de apoyo como la diálisis si es necesario y posible.

Al mismo tiempo son necesarias medidas de contención y prevención, como la vacunación, el control vectorial y la promoción de la salud para informar y sensibilizar a las comunidades afectadas. En el caso de la vacunación, cuando se detecta un brote, se analizan las posibilidades de transmisión, que dependen de factores como las características epidemiológicas de la región, el grado de inmunidad natural de la población o la densidad de mosquitos; de este análisis dependerá la amplitud de la vacunación.

Por ejemplo, en una situación de brote epidémico, será vacunada toda la población que viva o trabaje en la misma zona que los enfermos ya identificados. Una vacunación masiva como esta representa la movilización de cientos de trabajadores, como es el caso de la campaña lanzada en Angola y República Democrática del Congo a principios de 2016, en colaboración con los Ministerios de Salud de ambos países y de la OMS.

En 2016, nuestros equipos vacunaron a 1.167.600 personas contra la fiebre amarilla en respuesta a brotes epidémicos.

En el futuro, el riesgo de epidemias de fiebre amarilla seguirá siendo alto, no solo debido a la debilidad de los programas de vacunación, sino también a factores relacionados con la demografía: aumento de población en las zonas endémicas, creciente urbanización en la periferia de grandes ciudades en condiciones deficientes de agua y saneamiento e incremento de los movimientos poblacionales gracias a la mejora de los medios de transporte. Estas cuestiones son de gran relevancia para una organización como MSF, que trabaja a menudo en zonas endémicas, con bajas tasas de cobertura de vacunación y desplazamientos de población no inmune a zonas endémicas.