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Objetivo: proteger a todos los niños

La pandemia de COVID-19 ha dejado a 14 millones de niños sin vacunar. Otros tantos, los llamados ‘niños cero’, no han recibido nunca ni una sola dosis de vacunas. Nuestro mantra: aprovechar cualquier oportunidad para vacunarlos. Es un derecho de los más pequeños: no se acaba porque migren, estén atrapados en un conflicto o vivan en zonas remotas.

La vacunación es una de las formas más efectivas de prevenir enfermedades mortales. Y, sin embargo, llevar las vacunas a donde más se necesitan puede resultar difícil. Los altos precios de las vacunas, las restricciones de importación, los problemas logísticos y un complejo programa de vacunación son algunas de las razones por las que muchas personas, y en especial los niños, se pierden la vacunación completa contra una serie de enfermedades potencialmente mortales.

Como resultado, 1,5 millones de niños mueren cada año por enfermedades prevenibles por vacunación. Por ello, la vacunación infantil es prioridad para nosotros: ya sea como parte de la vacunación de rutina o en respuesta a un brote de enfermedad. En plena COVID-19, no podemos dejarlas de lado, por mucho que cueste.

 

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1. Son los niños cero: ni una sola vacuna

Nunca han recibido una vacuna, ni tienen una cartilla. Son los llamados ‘niños cero’ y, en su mayoría, viven atrapados en conflictos o en zonas remotas y de difícil acceso.

Y es que, a pesar de que actualmente las vacunas llegan a casi el 90% de los niños del mundo, hay países en los que entre el 15 y el 20% de los niños y niñas no reciben ninguna vacuna, ninguna dosis. A menudo son aquellos que atraviesan crisis humanitarias y conflictos, y donde la población vive en campos de desplazados y refugiados. En estos casos, los más pequeños carecen por lo general de acceso a servicios médicos básicos y de cualquier otro tipo.

Se calcula que en todo el mundo hay unos 14 millones de niños que no han recibido ninguna vacuna en su primer año de vida en 2019. Nigeria y República Democrática del Congo (RDC) concentran uno de cada cuatro de estos niños ‘cero’. Países de ingresos medios como Filipinas, Brasil, México y Angola también tienen un número considerable de niños sin haberse vacunado nunca.

 

“Se trata de niños que no tienen acceso a programas de rutina, y que también quedan fuera de programas suplementarios (normalmente para polio y sarampión) y a los que no llegan ni las vacunaciones reactivas”, subraya Miriam Alía, nuestra referente de Vacunación.

Son niños atrapados en conflictos (como el de Siria, donde se llegó a bombardear almacenes de vacunas como una estrategia de guerra para provocar desplazamientos de población), o que viven en zonas remotas o que pertenecen a poblaciones excluidas (los pigmeos en República Centroafricana o los rohingyas en Myanmar, por ejemplo) o nómadas (como los fulani, grupo nómada de África occidental)

En la década 2010-2019 no ha habido avances importantes en la disminución de niños con ‘dosis cero’. Las reducciones sustanciales en Pakistán e India se han compensado con los aumentos de niños totalmente excluidos en Filipinas, Brasil, México y República Democrática del Congo. Esta cifra se mantiene estable en la última década para un total de 141 millones de niños cero dosis desde 2010 a 2019.

Dados los niveles de cobertura actuales, la probabilidad de que un niño que nazca hoy esté completamente vacunado cuando tenga 5 años es menos del 20%.

Así, nuestra estrategia es realizar campañas multi-antígeno (que incluyen varias vacunas) y “aprovechar cualquier oportunidad para vacunar a niños y niñas, y recuperar los no han sido vacunados a tiempo. El objetivo, vencerle la batalla al tiempo perdido y completar los calendarios, aunque sea con retraso.

Un ejemplo: si vacunamos de sarampión a causa de una epidemia, intentamos administrar más vacunas aprovechando la logística y los recursos humanos ya presentes. También se pueden incorporar otras actividades preventivas para malaria, malnutrición o enfermedades parasitarias, en la misma actividad.

2. La vacunación, ‘víctima colateral’ de la COVID-19
No podemos permitir que un niño se quede sin vacunas por el hecho de desviar los recursos a la atención de otra emergencia; en este caso la COVID-19. Desde que comenzó la pandemia de COVID-19, nada menos que 101 campañas de vacunación se han parado, y casi 14 millones de niños se han quedado sin vacunar, sobre todo de sarampión y de polio.

Si bien los países se han esforzado por seguir brindando servicios de inmunización, la mayoría de las actividades de divulgación se han suspendido y la demanda de vacunación ha disminuido debido al temor a la transmisión del SARS-CoV 2 en los centros de atención médica y las medidas de distancia física, incluidos confinamientos y limitaciones al transporte.

La vacunación es la actividad más frecuentemente limitada o interrumpida entre los servicios esenciales de salud durante la pandemia de COVID-19. Si bien la pandemia aumenta la mortalidad directa debido al virus, también aumenta la mortalidad indirecta.

“Dejar de vacunar puede tener serias consecuencias y ya lo hemos visto en anteriores ocasiones”, subraya Alía. En República Democrática del Congo, a causa del Ébola, se pararon muchas vacunaciones de sarampión. Al final, el resultado es que han muerto tres veces más niños por sarampión (6.600) que el total de fallecidos de todas las edades (2.287) a causa del mayor brote de Ébola en el país.

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Antes de la pandemia, podíamos detectar las epidemias de sarampión u otro tipo de enfermedades ‘vacunables’ de forma relativamente rápida: se enviaba una muestra a los laboratorios de referencia, que confirmaban si era o no era sarampión. Ahora, todos esos laboratorios están dedicados a analizar pruebas de COVID, lo que provoca retrasos en la confirmación.

Muchos recursos humanos y materiales que se dedicaban a actividades preventivas, ahora están copados por la COVID. Esto, junto, con la reducción de vuelos durante los diferentes confinamientos, ha dificultado el transporte de vacunas y material inyectable.

Según la OMS y la Iniciativa contra el sarampión y la rubeola (MRI); en total 117 millones de niños, muchos de ellos viviendo en regiones con epidemias activas de sarampión, están en riesgo de perder su oportunidad de ser vacunados debido a la suspensión o retraso de las campañas de inmunización.

Pero las vacunaciones no solo se han visto afectadas en África. El propio Ministerio de Sanidad español reconoció que “durante  los  meses  de  marzo  y  abril  de  2020  se  ha  observado  un descenso en  el  número  de dosis  administradas de  las  vacunas consideradas prioritarias”. Las causas, el miedo de la población a acudir a los centros de salud, la saturación de estos mismos centros, los retrasos a la hora de citar para vacunaciones por la falta de personal... El mismo problema se ha detectado en otros países europeos y en Estados Unidos.

Pero, ¿cuál es la solución? De nuevo, no perder una sola oportunidad.
Es posible vacunar en un contexto COVID
. En MSF hemos adaptado nuestras vacunaciones frente al coronavirus. Por ejemplo, “estableciendo circuitos para que se mantengan las distancias de seguridad y reduciendo al máximo los contactos en todas las actividades”, defiende nuestra compañera.  

Así, para el diagnóstico rápido de la desnutrición que incorporamos en nuestras campañas, antes era el personal sanitario quien medía el perímetro del brazo de los niños para detectar desnutrición. Ahora se le da el MUAC a la madre, ella mide el brazo de su propio hijo, y luego mete el MUAC en una solución de agua y lejía para desinfectarlo antes de usarse de nuevo. Hay vacunas orales que pueden administrar la madre o persona responsable, como las del polio o el cólera. 

También existen estrategias para recuperar a estos niños y niñas que se han quedado fuera, bien por la COVID-19, bien porque, en realidad, nunca han tenido acceso a programas de vacunación. Estas estrategias van desde extender los grupos de edad que son vacunados de forma rutinaria, a realizar campañas de refuerzo de todos los antígenos como campañas masivas o campañas selectivas de los antígenos más importantes, reactivar el sistema de vacunación suplementaria de sarampión y polio incorporando además otras vacunas y, sobre todo, fortalecer el sistema de alertas de epidemias que no está funcionando porque los laboratorios tardan meses en confirmar casos de sarampión porque están centrados en análisis de COVID-19.

Así mismo, es necesario considerar dosis utilizadas de forma correcta aquellas que se administran a niños mayores de un año. Hasta ahora, cuando un niño cumple 12 meses, pierde inmediatamente su derecho a ser vacunado con estas dosis en los programas de rutina. MSF pedimos que los niños que han perdido su oportunidad de ser vacunados en sus primeros 12 meses durante la actual pandemia no pierdan su derecho de ser inmunizados y no computen como ‘tasa de pérdida’ esta edad debe ampliarse

3. Mingala: un caso de éxito
Mingala es uno de los tantos 'agujeros negros' o enclaves controlados por grupos armados que impiden la entrada de cualquier tipo de ayuda o atención médico-humanitaria, incluso durante años, en República Centroafricana. El conflicto había encajonado y aislado todavía más esta parte del sureste del país. En más de dos años, la población del enclave no había visto un médico y, desde luego, no se había llevado a cabo ninguna vacunación. Los niños nacidos en ese lapso de tiempo no habían recibido una sola dosis.

Sin embargo, logramos acceder a él en la primavera de 2019 y realizar 6.000 intervenciones (vacunaciones, urgencias, diagnósticos de malaria…) en una semana. El objetivo era vacunar al mayor número posible de niños y mujeres en edad fértil o embarazadas, y atender las necesidades médicas más urgentes, como la malaria, la neumonía o la desnutrición.

La campaña de vacunación se llevó a cabo en dos días y se vacunaron a 956 niños contra nueve enfermedades prevenibles y 760 mujeres en edad fértil. Nuestros compañeros administraron así vacunas contra la poliomielitis, el sarampión, la fiebre amarilla, el neumococo, (responsable de infecciones respiratorias) así como también la vacuna pentavalente -que protege simultáneamente contra la difteria, el tétanos, la tos ferina, la hepatitis B y la haemophilus influenzae tipo b.

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